Arcefalia

Crónica de una vasectomía sin bisturí

“Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa

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“Hay abatimientos del alma por debajo de toda la angustia y de todo el dolor; creo que no los conocen sino los que se hurtan a las angustias y a los dolores humanos, y tienen diplomacia consigo mismos para esquivarse al tedio propio.”

“Libro del desasosiego” Fernando Pessoa

El idiota de junto se llamaba Frank y tenía 27 años y tres hijas de diez, ocho y tres años cada una, el mes pasado esperaba un nuevo hijo pero se perdió en el camino. No quería averiguar cuando llegaría el varón, tres eran demasiado. Yo sólo tengo una y es un desmadre. Frank, llegó un minuto después que yo, pero yo fui a preguntar a una caseta de información vacía y él simplemente se acercó donde había muchos hombres vestidos con ropa deportiva y arrastrando su tristeza. Yo era el número once de catorce que llegaron la mañana del último viernes de enero al centro de salud por la campaña de vasectomías sin bisturí. Una noche antes me rasuré los testículos y mi agüitado pene. Le pedí disculpas unas cinco ocasiones esa semana, pero él sabía lo peligroso que era tenerlo cargando todo ese veneno cruel. Chale. De todas formas comprobé que no se veía como en las películas porno, ni intimidaba, sino al contrario, daba ternura. Mi pobre pito. Cuántos sustos no pegó en su andar.

Catorce hombres sentados, algunos los acompañaba su esposa o su hermana o su madre, esperaban lo peor para su mejor amigo. El número doce en la lista era un muchacho de apenas veintiuno, se llamaba Mateo, creo que lo acompañó su mamá porque una guapa mujer de cuarenta y pocos le ofreció un sincero beso en la frente, parecía de esos muchachos que les dieron educación Montessori. Nunca supe porqué tomó la decisión, pero no lo cuestiono, ese muchacho es un visionario. Está de más decir que se veía más nervioso que los otros, la mayoría rondaba los treinta, un par superaba los cuarenta, pero el muchacho, con su voz seria, sus vans desgastados, su playera negra de Destroyer, quería salir corriendo, todos queríamos salir de ahí. La asistente del doctor llegó, se veía jovial y tenía un discurso que ya le sonaba cansado, pero nunca perdió la amabilidad, una de esas cordialidades que intimidan y seducen. Pensé que cada fin de mes era lo mismo para ellas, ver pitos, tocar testículos y esperar que no pasara nada grave. Los futuros castratti nos mirábamos sin decir nada, procurando entretenernos con el celular, algunos se saludaron y comenzaron a hablar, no había mucho que decirse, coincidían en que la economía no estaba para descuidos, los gastos en la educación principalmente. Alguien mencionó el miedo, sí, lo dijo en voz alta después de escuchar el grito del primer paciente. El muy idiota salió con su bata y sin ropa interior a firmar el consentimiento, iba muy valiente, muy acá, como diciendo que no conocía el miedo. Fue el primero en gritar. ¿Han escuchado los gritos de los hombres que no quieren gritar? Son, alaridos controlando los graves, procurando decir ¡Oh, qué mierda!, o maldiciendo. Cuando gritó se enmudeció la sala, nos miramos los trece y fue ahí cuando el número cinco lo dijo “con el miedo que tengo y luego este cabrón se pone a gritar”. Tenía razón, teníamos miedo y no queríamos aceptarlo, querer huir pero no hacerlo, porque la incertidumbre es peor, además habíamos esperado ya dos horas. Cuando el chilletas salió, procuró comportarse como un hombre que se acaba de bajar de un toro, el chiste fue malo; “la que les espera, ¿no saben?, duele que te cagas”. Reímos nerviosos. Unos días antes le llamé a mi madre para decirle que pronto me harían la vasectomía, se escuchó decepcionada y lo mismo pasó con mis suegros. De alguna forma los entiendo, pero no quería ser una fábrica de súper humanos, con una basta. Cuando llegó el turno de Frank se veía desconsolado, creo que esperaba en todo momento que algo pasara que impidiese la operación. Yo quería que esto terminará pronto. Frank pasó lento, se demoraron porque resultó tener una ITS. También se escucharon sus gritos por el pasillo. Era mi turno, así que me desvestí y pasé. Una sala con poca iluminación. Bájate los calzones a las rodillas, alza tu pene y recuéstalo sobre tu ombligo, le voy a lavar, dijo la asistente de doctor y con sus manos jóvenes limpió aquello. Le sonreí, pero hacía frío y bueno, no era buena idea. De pronto comenzó la música y llegó el cirujano, puso a Queen y comenzó a hablar de Fredy como si lo hubiera conocido. Pinche flaco pa´que se muere. La canción era “Killer Queen” y pensé, eso está bien. Así que me estiré y procuré no ver. Va a sentir una pequeña molestia con la anestesia local. Chale, si dolía pero no era para tanto, uno sólo debe de pensar en otra cosa y mirar hacía otro lado. Pensé en la música y en mi esposa, de seguro ya está en la casa, cuándo aprenderá a manejar, me dolerá caminar y si ya no se levanta, chale. El otro gritó mucho, pobre, estaba nervioso, sólo de ver la aguja lloró, dijo, como poniéndome una estrella en la frente. Sí, lo escuchamos afuera, respondí como si no conociera mis lágrimas. Tocó por aquí, por allá, cortó, acabó la canción y dijo que ya estaba el primero, me enseñó un trozo del conducto y dije “¡yeih!”. Ahora viene el izquierdo, dijo y comenzó “Dont stop me now”, ese Freddie es un loquillo. La operación no tardó más de 10 minutos, más 15 de reposo con una bolsa de hielos y ya. Tomé las medicinas, agradecí al doctor y pedí un taxi. El mundo era otro y me sentí cansado de él, se me antojó un cigarro y trago de bourbon, pero ya no podía beber, no como antes. Entonces me sentí pequeño, infantil como si me hubiese abandonado y dejado la esperanza en la charola del doctor. Quería llorar del algo que no era dolor humano, sino la vulnerabilidad de mi ser, de mis sueños. Nunca me imaginé vasectomizado, tampoco me hacia caminando como si fuera a disputarme en duelo en una película de vaqueros. En momentos como este, siempre es bueno ir corriendo con Pessoa y su “Libro del desasosiego”: “He llegado a ese punto en el que el tedio es una persona, la ficción encarnada de mi convivencia conmigo mismo.”


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