Arcefalia

El Pequeño Rey

“Si el amor sólo sirve para procrear, aprender sólo sirve para la docencia. Ésta es la doble justificación teleológica de la existencia de los profesores.” Karl Kraus

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Ricardo Arce

Llevo todo este año leyendo noche a noche el libro “El Pequeño Rey; General de Infantería” de Javier Sáez Castán a mi hija.

Estoy harto. Es lo mismo una y otra vez; “Una mañana, el Pequeño Rey se dio cuenta que tenía los tres soldados rotos. Como la puerta estaba abierta, salió a buscar refuerzos y se topó con una cochinilla a la que nombró teniente general. […]”. El cuento está chido, sí, pero no soy de esos que les gusté repetir el platillo. He pensado en esconder el libro. Pero se me armaría un pedo, lo sé. En eso mi hija y mi esposa (ama y señora de toda mi humanidad) son idénticas.

Violeta, cada tanto se engancha con un libro y me hace leerlo una y otra y otra vez. Llega el momento en que no le importa la secuencia y se salta las páginas sólo para que le lea donde salen a repeler a la vaca, o donde Max dice adiós con la mano, o cuando el gorila baila con sus amigos, etc. Violeta tiene muchos libros, le digo que mejor leamos otro, pero ella se niega a dormir y a que su padre se imponga. Hay noches, incluso, que sueño con la maldita historia.

Mi esposa dice que está mal que me ande quejando, que eso sólo refleja mi inconformidad hacía la familia. Yo pienso (y de verdad lo digo muy poco, porque le temo a mi señora) que las madres y padres son unos cursis que se han comprado un discurso absurdo; “tener hijos es lo mejor que me ha pasado en la vida” dicen, muy denodados en cada encuentro social. No está mal ser padres-madres amorosos, pero me parece comprensible estar hastiados de serlo, de sentir deseos de negarse a la paternidad (o maternidad) y aceptar que tener hijos es una monserga.

Por eso, hay ocasiones que tomo un camino lento para ir a recoger a mi hija (también días que corro para no llegar tarde), que disfruto salir a fumar un cigarro en el trabajo, echarme una trago de bourbón en el estudio, tener sexo conmigo, leer un libro, escribir este blog. Acciones egoístas e individuales. Pero por muy jodido que sea el asunto no renunciaría a mi hija ni a mi esposa, ni a las obligaciones que tengo con estas. Eso es de pusilánimes.

Ojalá fuera como el Pequeño Rey y contar con un ejército de cochinillas, gorgojos y cucarachos que para todo lo que hiciera me dieran tres vivas. Pero sé que no aplauden por esto de tener hijos, así que me he dado a la tarea de odiar a los solteros o a los padres desobligados. Los miro con desprecio y envidia. Los invito a procrearse, a no morir sin conocer la dicha de amar a un vástago, de lidiar con una solvencia económica insuficiente; “los hijos siempre traen una torta bajo el brazo”, les digo y sonrío.


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