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El odio

Ricardo Arce

En Arcefalia |

“La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte.” Immanuel Kant

Cuando estoy enojado me siento en un estado mental más natural. Puedo reconocerme como un ser salvaje que sería capaz de destrozarlo todo sin resentimiento. Así una vez lo hice con el tambor de Violeta, aunque en realidad no estaba molesto con ella, pero esa tarde mi paciencia había sido rebasada cuando mí dueña decidió hacerme la ley del hielo. En ciertas ocasiones me imagino yéndome a golpes con el idiota del trabajo que le gusta guiar sus sermones con el dedo índice; aún en mi pesimista imaginación me veo lejos de cualquier estética honorable de lucha, más bien, burdo y voraz por arrancar su rostro a mordidas y arañazos sin piedad.

Mi salvajismo a veces va de la mano con la gente que pregona por el mundo una enfermedad terminal para que sus vecinos se compadezcan, o en su caso consiga la limosna de sus familiares y amigos, sin embargo, después los encontramos “despidiéndose del mundo” en una de esas playas con hermosos azul turquesa. Es ahí cuando mi odio desea que todos las enfermedades aniden en su cuerpo y nunca más salgan. Pero luego me entra una culpa heredada en las tantas tardes que mi abuela me llevó a la iglesia de niño y termino por arrepentirme de mis apetitos.

Esto lo menciono porque llevo un par de meses encabronado, durante este tiempo he dejado de frecuentar amigos por cualquier medio de comunicación, ya que mi tolerancia es mínima y puedo ser, conociendo mi boca de orto, un tipo antipático que busca pelea pero que no sabe sostener las manos frente al rostro para evitar los golpes.

La ira me gobierna. Por ejemplo, el otro día escuché a un idiota decir en el elevador “no hay nada más hermoso que la verdad” y pensé, “la verdad es que eres un imbécil”, porque además de ser cursi, se va a frases trilladas que pensarían serían de gran consuelo para quien las escuche. La verdad por un lado no tiene que ser sanadora, en la mayoría de los casos las personas sinceras son tratadas de lejos por su franqueza. A la gente le gusta demostrar que la vida que uno transita es bastante cómoda, hasta que se realiza el inventario y uno se da cuenta que debería de haber vivido de cierta manera que no fue.

La ira para mí es un mal necesario, mas no así la violencia. En mi ira identifico la podredumbre en la que me encuentro, puede saberme inconforme y del mismo modo insuficiente para cambiar mi estado de ánimo inmediatamente. Lo más sencillo siempre será la violencia (verbal, física, psicológica, bla, bla) empero siempre es necesario actuar de manera prudente, pensar en estrategias para moverse de sitio y actuar con cautela.

El otro día me encontré a una amiga en la calle y me disculpé por mi falta de ánimo para visitarla. “Es que ando emputado, manita” le comencé a decir sin recelo y la ponía al día sobre mi hija, su cumpleaños, su mamá (mi dueña) y su cachete rasguñado. “Debes enseñarla a defender”, me dijo, así como alguien que no conoce otra verdad, y terminó; “¿o esperas que dialogue y lleguen a acuerdos?”. Entonces las orejas las sentí calientes y los párpados me temblaron. Con la ira invadiéndome, sólo pude apretar los puños y pensar que la ignorancia nunca viene sola y ante comentarios tan sosos lo mejor es darles por su lado. ¿Será posible que sea más prudente enseñar a los niños a golpear antes que a dialogar?

He pensado en acomodar mi resentimiento donde no moleste a nadie, así es como he regresado a este punto, pero siempre recuerdo a los niños de la guardería del ABC, a los 43 estudiantes de Ayotzinapa, a los pederastas y acosadores libres (y un espeluznante etcétera), y es así como el odio regresa a mi venas. ¿Qué pasará cuando las palabras sean insuficientes?


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