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Carta incurable de un padre derrotado

Ya no crezcas, no te enamores, el amor nunca es silencio, siempre duele en algún lugar reservado del cuerpo como un vacío entre manos, como una pregunta falsa.

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Ya no crezcas, no te enamores, el amor nunca es silencio, siempre duele en algún lugar reservado del cuerpo como un vacío entre manos, como una pregunta falsa. Pero no puedes detenerte, ahí vas, gritando sin importar la mendicidad de los oídos del universo.

Estoy destruido, cansado, me pesa el mundo y el vecino del 54 me saluda sin saber mi nombre. Todos los días extiende su brazo y sonríe, hago lo mismo que él y no sé por qué. Saluda, te digo, y volteas y dices que no con la cabeza, te escondes detrás de mis piernas inservibles que sólo necesito para que me lleven a ti.

Quiero declararme en tregua, decir basta, a chingar a su madre, quiero hablarle a mi padre y decirle, me dijeron que moriste cuando dejaste de preguntar por mí, hace veinticinco años, ¿es verdad, estás muy muerto, qué tanto? Y yo sabré la respuesta: He querido morir muchas veces, todas las muertes, siempre; desde antes de nacer.

Acomódense en la tristeza, los invito, aquí en mi sofá caben cinco dándose la espalda. Podremos ver el béisbol y predecir la derrota en la séptima entrada. Mira, es David Huerta pichando: “Uno es este peso visible sobre la sábana directa del desconsuelo y gime bajamente para que nadie lo oiga sino estas páginas, los muros y la brisa”. Tiempo para fumar y nos convertimos en humo volando por los jardines negros de un cuerpo cansado. Soy yo, ya sabes, el de siempre, el hombre pedestre.

Entonces llegan los ángeles cargando interlunios. Están ebrios. Otra vez. La muchacha del mercado tiene las piernas raspadas y está cansada de la tristeza de Mariana. Todas las mañanas la lleva y la exhibe sobre una mantel de plástico, a quince la sardina. No se vende. Ya nadie quiere estar triste como antes. Ahora las tristezas las puede uno conseguir en eBay con puntos de PayPal. Ande, llévesela, esta tristeza si pone, no como la transgénica que venden en el Walmart. No, muchacha, su llanto no adelgaza las mejillas. Aquí termino, cumpliste dos años y cumplirás quince como Sabina, su padre me enseñó a ser padre, pero ambos estamos derrotados, llenos de lágrimas en el estómago. Detente, no crezcas más.


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