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Mientras parpadeo

Debería perder algo más que amigos...

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Por: Ricardo Arce @arcefalia

“Es mentira que mi corazón porque palpita esté despierto. Su misión se reduce a mantener de pie a un muerto que esperanzado aún persigue sus sueños.” -Mi corazón- Elias Nandino

Debería perder algo más que amigos. Me conformaría con perder a veces la cordura o el sentido común, al parecer no pasaría nada si pierdo mi credencial de elector, pero con ella irían todos los datos que me identifican como un perdedor de batallas ideológicas, como aquella ocasión que dije que no iría nunca a Mac Donald´s pero mis regresiones infantiles me hicieron sucumbir en la grasosa cubierta de los deliciosos conos de helado de quince pesos.

En la primaria a la maestra le gustaba pegarnos. Se afilaba las uñas, decían mis compañeros, con una lija de esas industriales. Sus garras sacaban chispas y era la luz que brillaba cuando regresábamos al salón después de honores, media hora bajo el sol de Cuautla. Un infierno. Sus anillos se los acomodaba con una lentitud increíble y tenebrosa. Dolía la cabeza ajena al coscorrón. Sonaba como el campanario de un camposanto. Por eso era importante hacer la tarea y no por alcanzar un nivel óptimo de enseñanza. Nada.

Y más en mi contra cuando era el primero en la lista. Siempre el alumno nuevo, pues visité cuatro primarias diferentes debido a nuestro continuo nomadismo. ¿Cuántas novias no dejé a la intemperie del primer beso durante el receso, cuántos apodos nuevos gané en cada cambio de código postal?

Pero la maestra afilaba sus uñas con una lija industrial. Sacaba chispas y pasaba lista mientras se sobaba los nudillos. Los huevos duros de la mañana hacían estragos. El maldito calor de Cuautla.

No era un crimen. Mi madre incluso decía, “si se porta mal, péguele”. Supongo que se trata de eso. Siempre tener alguna manera de tener el control, de saber quien tiene el poder. Claro, si te quejabas te excluían. Alguna manera había que crear para pertenecer al grupo de los bonitos. De los que sería imperdonable lastimarlos. Y maldición; siempre he sido feo.

Incluso me expulsaron de la escolta (la única vez que estuve seleccionado para pertenecer a ella) por machar chueco. Pies izquierdos y adiós ejército. Entonces me tocaba ser el que dice el juramento a la bandera, y quería ser como Juan Escutia o como el Niño Artillero. Un héroe venido a menos. Pero cuando defendía a mis compañeros a estos no les importaba. Por eso en una ocasión metí un autogol en el receso. Por eso en la prepa los maestros me expulsaban de sus clases y me mandaban a exámenes extraordinarios. Pero aún en la preparatoria seguí rindiendo el juramento a la bandera. Pero yo no entendía. Siempre hemos sido los conquistados, o ya ni eso. Tal vez los obreros de pirámides de hierro.

La maestra se sorprendió y me llamó al frente. “Miren –dijo– incluso este niño nuevo que viene de una escuela limitada sabe hacer mejor las tablas”. La maestra se apellidaba Pizaña. Era la peor y la más solicitada por los padres de familia. El ejemplo dolía, pero no había bandera que defender. Aún así le tienen cariño y le regalaban chocolates y flores el día del maestro. La rectitud es parte del control y el orden social. Un mexicano que no conoce la culpa no ama a su país.

Entonces un día amanecí en el hospital porque me dio hepatitis y cuando me dieron de alta el peso se había devaluado. Y Sor Juana desapareció de las monedas. Salinas vendió el Popocatepetl a unos pinches chinos locos. Oaxtepec estaba bien chido, los Tecos ganaron la copa. El Necaxa se vendió en la final contra el América. Hugo Sánchez se echaba marometas en España. La voz de Jaime Sabines en las islas de la UNAM. Murió Octavio Paz y Elias Nandino. ¿Quién se iba a burlar de quién?

Todos mis amigos de esos días los perdí también. No culpo a nadie. Sólo es un inventario, un pase de lista. Una manera de llamarle la atención al silencio y saber que a cierta edad, perder los amigos es como perder un pie, una mano, una pierna, un pulmón, una puerta a quien llamar. ¿Cuántas cosas no pasarán mientras parpadeo?

Entonces apretaba los ojos para no sentir el jalón de patillas de la Pizaña. Pero el dolor seguía ahí, como los fantasmas cuando se apaga la luz o los muertos cuando mueren y no hacen otra cosa que seguir muertos todos los días.


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