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Algo sobre mi padre

Octubre

En Arcefalia |

Por: Ricardo Arce

Agito mi memoria, tal vez algo de sus ramas, adormecido por años, salga de pronto volando.

Wisława Szymborska

El otro día vino mi papá. Me abrazo. Me preguntó por mi hija. Me habló de mis hermanos, de sus otras dos nietas. Me regaló ropa para mi hija, una camisa para mí y después me fui.

Con mi padre hay muchas preguntas pendientes. Pero él ha preferido dejarlas ahí. Una noche se emborrachó y culpó a mi madre. Le dije que era un cobarde. Se enojó mucho, quería golpear algo pero no podía mantenerse en pie. Intentó llorar pero tampoco le salían las lágrimas, mejor me abrazó. Se cayó. Era una posada y comimos codornices. Tomamos Noche buenas. Hacía frío en Cuautla y ya había nacido Sabina, era una bolita de carne. La mujer de mi padre le dijo “ya cálmate”, sin mucho afán, pero él obedeció. Mis hermanos (o medios hermanos) quemaban cuetes, uno se quemó la mano y el menor lloró porque lo habían espantado. Mi tío cuidaba a Sabina. Otros fumaban por ahí y reían. Yo tenía ganas de que mi papá se fuera. Había pasado once años sin verlo. Y cuando llegó tenía una sonrisa muy grande, muy estúpida. Se veía igual, tal vez un poco más gordo, que la última vez. Yo tenía cinco y me llevó a pescar y al circo de la Chilindrina (¿o era de Kiko?), nos sacamos una de esas fotos miniatura que se veían a través de un visor. Fue el única recuerdo que mantuve de él hasta que la extravié entre mis juguetes. No recuerdo si pescamos, pero llevábamos una cubeta con cuatro pescados. Mi abuela estaba contenta. Al otro día fuimos a comer mariscos y cuando terminamos de comer, dijo algo parecido a “siempre te voy a querer” o “siempre seré tu padre” o una mamada así. Creo que lloró. Nunca se despidió. Pero no lo volví a ver.

Cuando le preguntaba a mi madre por él, respondía con ambigüedades, “quien sabe”, “ya se murió”, “no sé”, “ash”. Se notaba molesta, así que un día dejé de preguntar, pero sabía que tenía otra familia, no tan lejos. A veces veía a mis tíos. Uno se vestía de mujer y se paseaba con otros que también usaban vestidos y tacones por el zócalo de Cuautla. Otro era actor y pintor y se la pasaba en la Casa de Cultura de Cuautla. Yo tenía un samoyedo que sacaba a pasear para que cagara las jardineras. A veces me los encontraba y me saludaban de lejos. Pero no veía a Marco. Igual y sí se había muerto. Igual y si tenía otra familia

En la escuela me ponía mal no tener padre. Básicamente era educado por la tele o la tía, o una vecina, o algo similar. Me hacían burla y decía que era puto. Tal vez lo soy, pensaba, pero me gustaban las niñas, básicamente las ñoñas. Mi madre, por su parte se había ocupado en rehacer su vida con un alcohólico. Fueron diez largos años y no había quien nos defendiera. Yo lo hice una vez y luego no volví a casa.

Cuando lo volvía ver en la posada me sentí protegido de nuevo, quería presumirlo con mis amigos que se burlaban de mí. Pero luego se volvió a ir. Me dejó veinte dólares. Y le agarré odio. Me prometí no tener hijos porque tal vez lo culero se heredaba. Pero nació Camila y mi promesa sufrió severos cambios.

Se me ha ido quitando el odio por mi padre. Sólo no soporto su sonrisa, es como la de alguien que te quiere pedir dinero prestado pero no te ha pagado el préstamo anterior.


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