La verdad sospechosa

Listas sobre listas

Consumir en serie está muy asociado a la información y a los datos que recibimos para hacerlo

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La lista ha dejado de ser una guía para transponerse como objeto de consumo. La obsesión por señalar lo mejor del año es un síntoma de nuestro tiempo: en lugar de que sea el paso de los años el que determine si un objeto vale por sí mismo, tenemos un fetichismo por consagrar de antemano el producto para comercializarlo mejor.

Es curioso que surjan a final de año, como si el pretexto del calendario sirviera para verlo desde otra perspectiva. La Literatura no ha escapado a este juego de espejos en donde cerrar las pinzas en torno a un nombre implica descorchar el vino y lanzar vítores al aire: hemos descubierto la gran novela de nuestra literatura nacional.

Consumir en serie está muy asociado a la información y a los datos que recibimos para hacerlo. Es tal la cantidad de oferta que los dispositivos para consumir necesitan orientar al consumidor para hacerlo mejor, más rápido, más barato. Argumenta Lipovetsky:

Lo que define la época turboconsumista es un sistema de informaciones sin límite, sin obstáculos temporales ni espaciales.

La lista ahonda más en esta herida: se trata de una herramienta de navegación pero también de actualización, nada más terrible para el hombre moderno conectado permanentemente a la actividad social de sus perfiles que no poder charlar en la sobremesa de las últimas novedades de lo mejor. Seleccionar, discriminar: la lista es también un espacio de frontera, en donde todo lo demás se convierte en humo, acaso en señales pero no en objetos, no en productos, no en algo consumible.

Las listas no van más allá de lo inmediato porque su espacio temporal, castrado, necesariamente tiene que verse con lupa. Su miopía se ha convertido, para algunos, en afrenta. Con razón: hay quienes pueden clamar por una inclusión menos inmediata de literatura recién creada, porque la escritura no se consagra por medio de la ilusión de los galardones sino por medio de la ilusión que produce el tiempo.

La Literatura necesita descansar de lo mejor del año para enfrascarse en proyectos más profundos, más duraderos. Es ya un cliché escribir un bestseller, comercializarlo, producir una trilogía, masificarlo, hacerlo fenómeno, olvidarlo. Lo verdaderamente revolucionario ya no se encuentra en seguir las pautas del mercado sino la de los silencios. La lista se convierte en un enemigo de la crítica -de la que se toma en serio su labor-porque busca poner en el canon lo que requiere de años de maduración para ser visto como objeto que vale. La lista ha dejado de ser herramienta para convertirse también en producto. Su futilidad, en un ambiente de renovación constante, nos sirve para avistar su porvenir: la lista es un honor, la lista es decir presente, la lista siempre es reconocimiento inmerecido para el autor.

La serialidad en nuestras vidas evoca la idea del tamborileo. Las listas se construyen con la ilusión arquitectónica de solidificar las bases, desechar todo lo demás y seguir hacia adelante. La lista transgrede sus productos porque es transgresora hacia dentro: buscar aplanar todo lo demás y olvidarlo es otra forma de homogeneizar lo que se encuentra dentro de ella, porque todo vale igual. Lo que no merece estar en la lista es lo diferente. La ironía máxima es que la lista pretende memoria en un espacio sobrecargado de olvidos: ¿alguien recuerda las listas del año pasado, de hace dos años? Solamente un coleccionador de listas tendría la manía persecutoria de recordarlas.

Por supuesto, hay listas que valen: aquellas que el tiempo nos ha otorgado y que la crítica ha vuelto a señalar. Esos son los libros que han pasado de mano en mano y de época en época con la paciencia budista de haber trastocado a sus lectores. Esas listas son las que se encuentran en el subtexto de nuestros inventarios anuales modernos que se publican con la pasión de los devotos. Sabiendo que el tiempo es de los jueces más severos, nuestras listas son un muestrario de nuestro tiempo y no mucho más.

La lista es, al final, anacronismo.

Referencia: Lipovetsky, Gilles, La felicidad paradójica, Anagrama compactos, Barcelona, 2013, pág 103.

Por Guillermo Fajardo


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