La verdad sospechosa

Captura y fantasía

Si el Chapo pensó en algún momento hacer una película de su vida es porque su condición de prófugo genera, al menos en algunos, la sensación de lo excepcional

En La verdad sospechosa |

Por Guillermo Fajardo

Fugarse dos veces de cárceles federales va más allá de la anécdota para aterrizar seguro en el terreno de la hazaña, aunque sea por la parvedad de los captores. Los primeros dos escapes del Chapo Guzmán están teñidos de un ambiente de película: el criminal más buscado elude la cárcel y sus controles de seguridad en un carro de lavandería o por medio de un sofisticado túnel que las autoridades ven con el pasmo de los conversos. Sus capturas, también, tienen que estar envueltas en fantasía y se convierten en motivo de antología porque el gobierno de Peña Nieto, enlatado y rancio, sigue enquistado en su ineptitud. Es normal que se celebre la captura doblegando las campanas en lugar de hacer penitencia y reflexión por los errores.

Si para el Gobierno Federal las fugas se convirtieron en túmulos; para el Chapo Guzmán se convirtieron en una forma de arte: escapar de los laberintos y de las cadenas recuerda a los ilusionistas que con un pase de mano se liberan de candados y artificios. Como ellos, Guzmán parecía más interesado, a últimas fechas, en usar el cine como artilugio para una rara forma de inmortalidad: contar su propia, insidiosa historia para combatir lo insípido de su silencio. La Procuradora Arely Gómez, al presentarlo, sorprendió al decir que una de las maneras en que lograron atraparlo fue porque el Chapo quería hacer una película autobiográfica.

No hay nada sorprendente el intentar contar la propia historia usando dispositivos varios. Lo que sorprende de nuestro tiempo es la sobreabundancia de mitos: aquellos que nos cuentan en las noticias, aquellos que se confirman en las redes sociales, aquellos de los artistas, de la farándula y de la insignificancia: vivimos en un tiempo de asfixias constantes en donde todo lo importante pasa por el tamiz de la imagen. Quizá Guzmán cayó en la misma forma de ambición que revitaliza los espacios mediáticos y sociales que nos bombardean. Hacer una película autobiográfica es, obviamente, una forma de memoria, pero entre las maneras en que el Chapo Guzmán tenía para biografiarse, eligió, precisamente, la más arriesgada, la más explícita, la que genera la variante más explosiva del entretenimiento.

Si el Chapo pensó en algún momento hacer una película de su vida es porque su condición de prófugo genera, al menos en algunos, la sensación de lo excepcional. Sus constantes fugas confirman la ineptitud gubernamental tanto como los recursos que se consiguen al margen del mercado. En pocas palabras: la imagen del narcotraficante, antes tan devaluada, parece ser motivo de una clase de periodismo que utiliza la invitación del Chapo para generar una narrativa y un discurso parcial y apocado. Sean Penn, el actor de Hollywood, al entrevistarlo para la revista Rolling Stones, genera en el lector una posición incómoda porque las preguntas del actor, básicas, dan la sensación de que la actividad del Chapo Guzmán es tan inocua como cualquier otra. Sin la sensibilidad propia del que conoce una historia, Penn le pregunta al Chapo si cambiaría al mundo, el Chapo responde que como las cosas están ahora, él está feliz; Penn le pregunta al Chapo si él se considera una persona violenta, responde que no; Penn le pregunta al Chapo cómo ha cambiado su vida después de escapar de prisión, el Chapo responde que ha estado llena de felicidad.

Las fronteras entre criminalidad y consumo se borran en este tipo de encuentros: no es una apología del Chapo sino algo mucho más perverso: la falta de sustancia en estas entrevistas da la impresión de un periodismo que no utiliza sus herramientas -crítica, profundidad, investigación- sino que sucumbe a los mensajes del entrevistado. ¿Se imagina usted confrontar al narcotraficante más buscado? Claro que no. En lugar de que Sean Penn sea un enviado dispuesto a descubrir historias que nos importen, se convirtió en un mensajero que genera historias para consumo en el hogar y no mucho más.

El entrevistar a un prófugo es un acto de complicidad discursiva, no tanto por lo que el entrevistado representa sino por lo que el entrevistador hace: entregarnos una narración fría, parcial, tonta. Utiliza al periodismo como pretexto para darnos una historia a medias, que no descalifica, que no encumbra, que no hace nada. El crimen se convierte en producto y como tal se presenta: empaquetado, generando expectativa, elevando las ventas. Importa más la polémica de la entrevista que sus consecuencias. Lo que Sean Penn y Kate del Castillo hicieron fue confirmarnos que el mercado es ciego ante sus productos siempre y cuando las ganancias justifiquen su contenido. El mercado negro -esclavitud sexual, drogas, venta de órganos- se encuentra fuera de la ley pero integrado al intercambio monetario de la compraventa. Ese mercado negro es el que Sean Penn y Kate del Castillo pretendieron integrar, discursivamente, al flujo normal de lo que consumimos. Se integran los productos del mercado negro a través del espectáculo y su normalización.

La historia del Chapo tiene, sin duda, un lado trágico: pobreza, violencia, falta de oportunidades. El problema es cuando se utilizan esas historias sin la glosa de lo que los personajes, en el fondo, representan. El Chapo se convirtió en víctima del lado blanco del espectáculo; Sean Penn y Kate del Castillo sucumbieron a la seducción de los descuentos, las ofertas, las cámaras.

Fugarse es un símbolo de nuestro tiempo. El Chapo utiliza las cárceles: Penn y Del Castillo la divisa inflada de la farándula: en lugar de creadores se convirtieron, ellos mismos, en productos.

Cada quien construye sus laberintos.


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