La verdad sospechosa

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El circo y su rareza

Las victorias de Donald Trump vienen en forma de espectáculo: este hombre se pierde en laberintos de los que sale con facilidad porque sus verdades se manufacturan a golpe de palabra.

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Por Guillermo Fajardo

Las victorias de Donald Trump vienen en forma de espectáculo: este hombre se pierde en laberintos de los que sale con facilidad porque sus verdades se manufacturan a golpe de palabra.El verdadero riesgo de Trump no radica en su espontaneidad política (muchas veces en los peligrosos márgenes del racismo y sus extremos) ni tampoco en el abuso de sus palabras al deformar los hechos, sino en el uso reticular de su ambigüedad política.

En un mundo hecho a imagen y medida del consumidor; en donde internet nos prefigura como individuos con gustos y compras exactamente determinados; en el cual pertenecemos a grupos sociales con mayores grados de individualidad, la personalidad de Trump aparece no tanto como tragedia sino como silencio. Pueden decirse muchas cosas de él y no puede decirse ninguna que sea cierta. El acto de parecer evoca a los colores del camaleón que, en lo oportuno de su vestimenta, elige el color de sus revanchas. ¿Cuáles? Hay muchas. Desde sus declaraciones en contra de los mexicanos y musulmanes hasta sus ataques frontales a personalidades importantes del Partido Republicano. Trump no se encuentra en ningún lugar del espectro político: es una fragmentación de todo. Algunos lo han calificado de populismo de derecha: si tal clasificación se ajusta a lo que representa no es por una convicción íntima sino por la oportunidad que tiene frente a él. No es, en el fondo, ni anti liberal, ni anti mexicano, ni anti musulmán, ni anti conservador. Trump es su espejo.

Hay en Trump, aunque parezca risible, una aspiración al Paraíso -blanco o no- de la clase trabajadora norteamericana que -ya todos lo sabemos- ante la globalización y la competencia ha ido perdiendo privilegios. Salarios estancados, un mundo con parcelas de poder que ya no le pertenecen a Estados Unidos, una sociedad enojada con la nebulosa concepción de mercado: la ambigüedad política de Trump no combina posiciones ni concepciones políticas sino emociones tiradas al basurero. Trump no apela a soluciones porque no las tiene, sino a la acción. La batalla ya no es entre Republicanos y Demócratas sino entre dos maneras de acercarse al acto de gobernar: más inclusión del pueblo, más exclusión del pueblo.

Trump promete muchas cosas que parecen soluciones, aunque en realidad no lo sean, porque las acciones gubernamentales han ido perdiendo visibilidad ante la avalancha de servicios, cultura y entretenimiento del siglo XXI. Los anuncios del Presidente pasan desapercibidos a menos que los retransmita el noticiero o los periódicos. La ubicuidad de la información no permite sopesar si el Gobierno hizo o no hizo, calló o no calló, actuó o no actuó. Hoy los electores se informan con los pedazos que hombres como Trump se encargan de esparcir. ¿Es posible aspirar a una sociedad democrática que se solaza en la ignorancia política y global de sus decisiones? Los Estados Unidos son el hazmerreír político mundial por el espectáculo político que están dando. Es cierto. Hay que recordar, sin embargo, que las porosas líneas de información política que recibimos todos los días también vienen envueltas en el papel de la mediación social y comercial. Es decir: la política ya es producto y, como todo producto, también sujeto a oferta y demanda. La política es intermitencia, rumor, eco.

Trump nos ofrece un ejemplo de cómo las capas sociales y sus rencores se encuentran escondidos detrás de una forma de hacer política que ya no entiende a sus electores. Esto es un cliché que nadie ha entendido: ni siquiera los más de diez candidatos que compitieron contra Trump y que no supieron lo que sus electores querían. Absolutamente nadie -ni gurús políticos, gobernadores, senadores o analistas políticos conservadores- supieron dar el mensaje que Trump dio. ¿Significa que esto que el magnate es una especie de visionario? Por supuesto que no: él tampoco entiende su éxito, por eso se ha quedado varado en la misma retórica conservadora que le dio los votos para ganar la candidatura pero no para, quizá, ganar la elección general.

Aunque eso está por verse: el año pasado el New York Times dio a conocer su análisis de los candidatos republicanos y no le concedió ninguna oportunidad a Donald Trump. En un tono de burla -algo inusual en ese periódico- le auguraron poco o ningún éxito.

El problema, como ya lo adivinó el lector, no es solo conservador.


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