La verdad sospechosa

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Balas de plomo

La renuncia de Manlio Fabio Beltrones a la presidencia del PRI es un sano resultado de lo que el propio Beltrones repitió una y otra vez durante el debate entre los presidentes de los tres principales partidos: la autocrítica.

En La verdad sospechosa |

Por Guillermo Fajardo

La renuncia de Manlio Fabio Beltrones a la presidencia del PRI es un sano resultado de lo que el propio Beltrones repitió una y otra vez durante el debate entre los presidentes de los tres principales partidos: la autocrítica.El PRI es un barco que se hunde, no por méritos propios -aunque sobren- sino porque el discurso anticorrupción del PAN y del PRD dio resultado. Tampoco es que necesitaran de mucho coco para poner sobre la mesa lo que todos saben y que, sorpresivamente, sigue latiendo: que el Presidente es un corrupto, al igual que su partido.

La debacle priista bien puede explicarse a través de los gestos de sus dirigentes. Manlio Fabio Beltrones puede ser uno de los políticos más experimentados del ruedo, pero su discurso hueco, circular, abstracto y machacado durante décadas de cabezas bajas, espaldas inclinadas y todo el poder, logra que, al escucharlo, quede la sensación de naufragio y mentira. La política es una actividad en donde la hipérbole es permitida para que el político pueda amoldar sus propuestas a eso que está allá afuera. La mentira es una cuestión de perspectiva y depende de los electores decidir si la exageración es una mínima falta a la verdad o una flagrante distorsión de los hechos. Como el novelista, el político puede interpretar ciertos fenómenos del mundo para replantear ciertas posturas. El problema no es que Manlio exagere sino que no sabe cómo hacerlo.

En el debate, Beltrones consiguió hacerse pasar por muñeco de trapo cuando aparentaba dragón. Ricardo Anaya podrá no tener la mejor de las sonrisas, pero su juventud -esa que tanto desprecia Manlio- fue la que le permitió llegar más preparado, más inteligente y más incisivo al debate. Mientras que el priista pedía serenidad, el panista le entregaba datos; mientras que Manlio, escondido en la chabola de la retórica priista, pedía gobernabilidad y estabilidad, Anaya le mostraba la debacle del PRI. Las palabras hueras de Manlio son la cara de ese PRI y de ese PRI y del Presidente y del Presidente y sus apólogos que siguen confiando en apelar al elector que sigue cayendo en trampas retóricas encarnadas en la supuesta experiencia de la vieja guardia. El PRI le da miedo a quienes saben leer entre líneas. Por lo mismo uno tiene que salir verdaderamente contrariado cuando el par de palabras más utilizadas por Manlio durante el debate fue “gobernabilidad y estabilidad”. En lenguaje priista eso significa dejar las cosas como están.

El gran ausente del debate no fue López Obrador, como Anaya le reprochó, sino Peña Nieto. Al Presidente hay que empezar a llamarle “El Gran Fantasma” o algún epítome parecido que sintetice su presidencia, dada la necesidad de aparecer cuando ya a nadie parece importarle lo qué hace, cuándo lo hace, cómo lo hace ni para qué lo hace. En una presidencia sana, el Presidente, me parece, debería ser el punto de apoyo del partido: la Presidencia como un lugar donde se resuelven asuntos; se piden apoyos; se reparten las dádivas. Ahora, Los Pinos no es ni siquiera un cementerio -al menos ahí van los muertos- sino un desierto -en donde solo olvidan a los peores-: Peña Nieto al menos tiene la tranquilidad de ser un Presidente medio muerto, medio intrascendente y medio estorboso. Un mediocre.

El gabinete parece hecho de origami y el país sigue en la bonanza de la creencia que nos permite a todos imaginar un México diferente -escribió Carlos Fuentes que basta pronunciar algunas palabras para creer que son verdaderas-, ahora sí de primer mundo, ahora sí bien educado, ahora sí bien preparado. Se supone que los políticos, al igual que los escritores, tienen el giro que sorprenderá al lector o acabará con la incertidumbre política que los acecha. El PRI no tiene nada: es un partido acezante por regresar a un pasado de sonrisas y palmadas fuertes en la espalda. Los gestos de Manlio Fabio Beltrones y las súplicas de Manlio Fabio Beltrones y la incesante repetición de Manlio Fabio Beltrones -y aquí me repito- representan la explicación más plausible, más sencilla y más obvia de lo que le sucede al PRI. Ideas nunca han tenido -o sí han tenido pero esas ideas que construyen un país a medias- pero ahora que ya se les fueron de las manos, lo único que les queda es apelar a que el sexenio acabe.

Nosotros también.


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