La verdad sospechosa

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Las luces

La principal cornamenta de Hollywood está en sus fuegos artificiales: películas como Día de la independencia o Star Wars se encuentra en la vanguardia de la lividez narrativa, el cliché que deflagra la historia y la imposición de la circularidad que las constituye como déficit.

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Por Guillermo Fajardo

La principal cornamenta de Hollywood está en sus fuegos artificiales: películas como Día de la independencia o Star Wars se encuentra en la vanguardia de la lividez narrativa, el cliché que deflagra la historia y la imposición de la circularidad que las constituye como déficit. Los adictos a cualquiera de esas dos historias deben encontrarse en la penumbra de su nostalgia, porque lo único que hacen ambas películas es confiar demasiados en los efectos especiales para intentar desarmar la atención del espectador a sus historias.

Si Star Wars peca de boba empezando por la elección de sus personajes -el villano es una sombra de Darth Vader y sus desplantes pueden compararse a los de un niño sin dulce-, Día de la independencia cae en el bostezo, no porque la película no sea espectacular sino porque solamente un director como Roland Emmerich puede aceptar en su película una cantidad insospechada de casualidades insípidas -en un mundo en destrucción todos los personajes se encuentran en el momento adecuado-; relaciones tormentosas que huelen a limpio y sacrificios insignificantes para el espectador -el padre que se sacrifica por la hija y por la humanidad saca lagañas en lugar de lágrimas.

A ciertas películas norteamericanas les hace falta una buena dosis de ambición. Es como si supieran que, hagan lo que hagan, los espectadores son -somos-carne vacía cuyas cuencas insinúan consumo y nada más. La publicidad es la forma paradigmática de la libre elección constreñida por los martillazos de la repetición y la expectativa que ya no lo es. Vea el lector el caso del tráiler, el cual ya no es la manera de presentar películas sino de permitirle al espectador ver la conclusión de aquella. Hay tráileres tan obvios que ver la película implica sentarse a ver el repertorio de lo que ya se sabe: quiénes son los villanos, cuándo aparecerán, cuál será la conclusión. En su mayoría, las películas norteamericanas que consumimos en nuestras salas de cine no son ya ni siquiera resortes para entretener sino cavernas para alelar. Que no se me declare conspirador ni mucho menos, pero parece que el cine norteamericano, tan saturado de clichés, es otra forma de salivar sobre los revestimientos.

Un saludable empuje viene de Corea del Sur, con películas como Oldboy, The divine move, I saw the devil, Confession of murder, Memories of murder, Sympathy for Mr. Vengeance, Sympathy for Lady Vengeance o la espectacular New World. Todas ellas están vacunadas contra la poca versatilidad del cine norteamericano y su tendencia al patriotismo más ramplón, que nos condena a admitir que solamente los norteamericanos poseen el caudillaje cotidiano para salvar al mundo de sus desgracias. Por supuesto, la producción de películas norteamericanas, como muchas cosas que provienen de ese país, tiene que ver con su propia cosmogonía de imperio, cuya cosecha está a la vista de todos: el país más rico del mundo, el más poderoso, el que produce Premios Nobel cada año, el que atrae talento a sus universidades, el país marca, el país en el que cualquiera se siente cosmopolita. Es decir: sus películas son una forma de extender, silenciosamente, sus propios valores, algo coherente con sus tentáculos. Los norteamericanos hacen lo que deben hacer: de ahí su éxito como país. Por ello, no me parece arriesgado afirmar que los grandes éxitos del cine norteamericano no se comportan como arte sino como propaganda. Entender esto es vital para sentarse en la sala de cine.

Por supuesto que no todos pueden estar interesados en mantenerse al borde del asiento a la hora de ir a ver una película, y la electricidad que fluye por las venas del cine sudcoreano puede saberle demasiado prolija y bien calculada al espectador que no está para esos gozos. Lo más sano es abrir una bolsa de palomitas y comparar el estado de salud de ambos cines con la certeza que uno es mejor que otro o que uno se encuentra en un mejor estado que otro. Sabrá el lector que he escrito este artículo con un tufo decididamente parcial: soy novelista y los efectos especiales no me hacen cosquillas. Son las historias las que me seducen.

Por eso sigo confiando en la tinta.


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