La verdad sospechosa

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Tardanza

Donald Trump y los republicanos están demasiado atentos a las fobias de sus electores como para prestar atención a lo que sucede en México.

En La verdad sospechosa |

Por Guillermo Fajardo

No puedo dejar de preguntarme cuál es el siguiente paso del presidente Peña Nieto una vez que admitió el error de la “Casa Blanca”. La política de disculpa y aceptación llega tarde, forzada por el trabajo periodístico de Rafael Cabrera de Aristegui Noticias y azuzada por la promulgación del Sistema Nacional Anticorrupción. Es decir: es una disculpa que de poco sirve porque solamente confirma lo que ya todos sabíamos. Peor: lo hace después de una investigación en la que no se encontró absolutamente nada. Gran jugada del presidente que acierta a salir de su laberinto para aparecer ante el reflector como culpable, no jurídicamente -benditas leyes- sino política y socialmente. Es decir: mejor la condena pública de la Historia a la condena física de la cárcel.

Mientras tanto, al otro lado de la frontera, Donald Trump y los republicanos están demasiado atentos a las fobias de sus electores como para prestar atención a lo que sucede en México. En el caso de que llegara a ganar, el pasado de Peña Nieto saldrá a la luz para que Trump tenga un pretexto para ignorar al presidente. ¿Negociar con un corrupto? Ni hablar. Si de por si Peña Nieto ya se encuentra aislado -¿no es un cliché de la política mexicana repetir esto?- ante la sociedad mexicana una victoria de Trump únicamente lo llevaría a esconderse aún más ante los aullidos que provienen del norte. Peña Nieto se ha convertido en un presidente predecible cuyo sexenio acabó con las reformas y con la imagen de ese PRI que iba a cambiar a México.

El problema de un presidente tan alelado, acorralado y huidizo es que las columnas políticas se vuelen repetitivas. Como ésta. No hay mucho que decir del presidente. Se escriben porque la apuesta del PRI es al olvido. Hay que recordarle y restregarle en la cara al PRI -el partido de Fidel Herrera, de Mario Marín, de Ulises Ruiz- que el relevo generacional que presumió Peña Nieto en 2012 en el programa Tercer Grado no sirvió de nada. A los ilustres nombres que acabo de mencionar -y que provocan escalofríos- hay que sumarles los de Roberto Borge, César Duarte, Javier Duarte y Enrique Peña Nieto, que ya acaban sus gestiones con diversos logros para sus respectivas poblaciones: más impunidad, más escándalos, menos ideas. “Nuevo, nuevo, nuevo”: ése era la cruz y el signo del PRI cuando a algún vivo se le ocurrió que la mejor manera de limpiar asperezas y presentar a Peña Nieto como el prístino que presumía ser era repetir incansablemente que la juventud era signo inequívoco de honestidad.

¿De qué le sirve a México un partido como éste? Para una cosa: recordarnos que seguimos en el rellano de la modernidad política, de la innovación gubernamental. Es cierto que funcionan los servicios ciudadanos, que a pesar de la impunidad el Gobierno sigue caminando, que las cosas van aunque no vayan para ningún lado. Lo que pierde México es a su juventud, no la priista, que ya sabemos adónde conduce, sino la invisible, la que sale del país sin que nos demos cuenta. Y es que esta aparente tranquilidad política, mansa y amaestrada por los medios de comunicación y la complicidad, nos condiciona a la inactividad social. Por otro lado, la falta de espacios laborales competitivos lleva a que los jóvenes que pueden se van del país, los que se quedan se alinean y los que quieren un cambio se quedan al margen.

¿Se imagina el lector lo que se está incubando en el seno del PRI en éste momento? La política es una de esas actividades en las que se suponía que para entrar ciertos ideales eran necesarios. El servicio público mexicano, con funcionarios probos y transparentes, palidece ante la corrupción de ese partido ante el cual las disculpas -como la de Peña Nieto- son una mala noticia para el país: estamos ante un presidente que, aun sabiendo que hacía mal, no solamente actuó como actuó sino que lo reconoce. Se aprovechó de su posición para obtener un beneficio y ahora se aprovecha de ella para salir impune.

Peña Nieto no vino a pedir disculpas sino a pedir permiso: el de salir por la puerta trasera y abucheado, pero salir.


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