La verdad sospechosa

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Líneas de salvación

Me preguntó que de donde venía yo. Él era turco. Le dije que mexicano. Se me quedó mirando. Tenía una mirada dura. Esperé.

En La verdad sospechosa |

Por Guillermo Fajardo

Me preguntó que de donde venía yo. Él era turco. Le dije que mexicano. Se me quedó mirando. Tenía una mirada dura. Esperé. Vi los productos que tenía frente a mí y que estaba a punto de comprar –tortillas, un galón de agua, detergente- y me pregunté si no iba a cobrarme, si algo que llevaba puesto le había ofendido o si mi acento me convertía en sospechoso de algo inimaginable, o quizá mi apariencia (en Estados Unidos los impresos en las camisetas pueden acarrearte problemas. Llevaba una que decía “Vota por Kennedy”). El ritual que ocurre en los encuentros fortuitos con los que nos topamos es diferente dependiendo de qué lado de la frontera nos encontremos. En México me resulta desalentador y casi ocioso; en Estados Unidos permanezco alerta y empático. Sucede lo mismo con el idioma: la personalidad de uno cambia dependiendo si insulta o habla en español o en inglés. En español soy más auténtico; en inglés soy más directo aunque templado.

De pronto, el turco dio un manotazo en su caja registradora y una línea de polvo brincó, con la sorpresa propia de las cosas inmóviles, eyectadas hacia el infinito. “¿Te puedo preguntar algo?”. Sí, le dije, cada vez más nervioso. “¿Por qué carajo el presidente de México invitó a Donald Trump a tu país?” Me pasé la mano por la barba y recostándome un poco en el taburete le dije: “Porque es...”. “Ah, dijo, me sentí insultado”.

En español, estando en los Estados Unidos, hubiera intentado una digresión más sesuda respecto a los posibles efectos políticos de la decisión. En español, en México, hubiera culpado a lo que todos saben, así es Peña Nieto. En inglés, en México, quizá hubiera intentado explicarle al turista los inicios del PRI y el contexto político mexicano. Si norteamericano, me hubiera lamentado de las decisiones de Peña Nieto frente a Estados Unidos; si latinoamericano, hubiera comparado la situación de nuestros países; si europeo, le hubiera preguntado cuáles hubieran sido los costos políticos ahí de una decisión similar.

Vuelva el lector: frente a mí tenía al turco que me miraba y me pregunté qué es lo que teníamos en común y porque se había sentido tan ofendido.

Me fui de la tienda y no pude evitar pensar si Peña Nieto se había convertido en el primer presidente mexicano que, sin insultar a nadie directamente, logró hacerlo con todos. Un nuevo logro de este gobierno. Un hombre turco en Minneapolis ofendido por la invitación de Peña Nieto no representa –ni mucho menos- a la mitad de la humanidad o algo parecido, sino un botón de muestra de cómo los eventos fortuitos pueden llevar consigo regalos inesperados. La segunda vez que visité su tienda el turco me dio una guía completa de dónde comprar alcohol en Minneapolis. La tercera me dijo que quería ir a México porque le parecía un país bellísimo. Me gusta pensar que ahora somos amigos o algo por el estilo.

En Estados Unidos no es difícil relacionarse, aunque sea porque todos sabemos que ninguno pertenece a ese lugar. Quien dice que los norteamericanos son esquivos y distantes no se ha dado cuenta que los encuentros fortuitos en la ciudad de México -y quizá en ciertas ciudades mexicanas- son imposibles porque vivimos en continuas parcelas que nos separan. El clasismo y las comunidades cerradas y las colonias que impiden la entrada son barreras para la convivencia. En México las diferencias de clase nos llevan a adoptar rutinas que lo confirman. No salimos de los espacios sociales a los que pertenecemos por temor al rechazo. En Estados Unidos -al menos en las ciudades en las que he vivido- la proliferación de espacios públicos permite la interacción más o menos natural y neutral entre personas. No es raro que dos desconocidos se hablen en el transporte público o que, mientras corres por la ciudad, alguien te sonría o te salude. ¿Es esto una muestra de intimidad? No: es acaso una forma de civilización, aunque muy sutil.

El problema con las experiencias personales es que no se ajustan a ninguna realidad o a una muy particular. En este caso, la mía. No he sufrido de ninguna clase de discriminación ni de rechazo mientras he vivido en los Estados Unidos y nunca me he sentido excluido. Mis compatriotas mexicanos, indocumentados, esos que cruzaron la frontera, sí que han sentido el aislamiento y la segregación. Yo soy un migrante afortunado.

La invitación de Peña Nieto a Donald Trump pudo ofender al turco porque se vio reflejado, precisamente, en esos migrantes que, como él, como yo, como tantos, vinimos buscando algo que quizá fuimos demasiado abúlicos o demasiado estúpidos como para encontrar en nuestros países. Por eso el insulto de Trump hacia los mexicanos no pasó desapercibido para la mayoría de las minorías. Vieron, aunque sea por un segundo, las consecuencias de la exclusión.

He dicho que me gustaría pensar que el turco y yo somos amigos. Y quizá sí. Que quede claro, sin embargo, que no me sé su nombre, ni él el mío ni tampoco su dirección ni él la mía, pero tampoco hace falta: sé que estará en su tienda polvorienta, dando manotazos, con la mirada acerada, cobrándome, dándome las gracias, diciendo adiós.

Él intuye que la cadena de azares que nos llevó a conocernos, en una tierra que no es la nuestra, representa de por sí un regalo y una oportunidad para ser amables y desearnos un buen día. Ni Peña Nieto ni Donald Trump podrán quitarnos eso de las manos.

Ese será nuestro secreto.


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