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Debate

La elección para Presidente de los Estados Unidos ha develado una subestructura de mitos, conspiraciones y anti intelectualismos

En La verdad sospechosa |

Por Guillermo Fajardo

En la Universidad de Minnesota, el Washington Avenue Bridge conecta ambas partes de aquella, dividida entre una zona este y oeste, pues el Río Misisipi la atraviesa en un circuito multiplicado por ramificaciones urbanas y naturales. La caída es mortal y una pequeña estampa, casi espectral e invisible, pone un número de emergencia que indica, sin mencionarlo, los casos de suicidio relacionados con el puente. Sin embargo, el espectáculo, para quien cruza, está asegurado: frente a nosotros podemos ver el centro de la ciudad y sus edificios, por debajo atraviesan coches y en días soleados se admira el lento fluir del agua que evoca largos paseos o una sensación de vértigo que se inmiscuye, igual que los líquidos, por los poros más inverosímiles.

El viernes pasado el evento Pintar el puente congregó a estudiantes de diversas organizaciones que pintaron distintos mensajes entre los cuales uno sobresalió. Decía Construyan el muro y a un lado Trump, Pence. Las protestas no se hicieron esperar. Ni tampoco el hecho de que se superpusiera otro mensaje arriba del original: Detengan la supremacía blanca.

La elección para Presidente de los Estados Unidos ha develado una subestructura de mitos, conspiraciones y anti intelectualismo que se adhiere a las tentaciones más siniestras de devolver una especie de paraíso blanco, no contaminado, no inmiscuido por el incesante fluir de la globalización. Los tentáculos de lo nativo tiran por los suelos el sueño neoliberal de la amnistía global. Ambas formas de hacer política entrañan un peligro: por el lado de Trump la vuelta a las formas agresivas de una política racista que no escondía sus fobias ni la ejecución de las mismas en políticas públicas de segregación. Por el lado de Clinton, la continuación de una hegemonía plutocrática global que empodera a las metrópolis mientras configura espacios en el sur global cada vez más precarizados y desiguales. Si el sueño de Trump es devolver la hegemonía total de los Estados Unidos mediante la agresión, el militarismo y el racismo; el de Clinton es homogeneizar política y económicamente a los aliados y a los contrarios para ejercer presión diplomática o económica en cada confín del globo sin preguntas de por medio. Ambos segregan capas poblaciones: Trump mediante signos visibles como la raza o la inmigración; Clinton mediante el poder económico y el aplanamiento cultural pop que es parte del proceso de globalización. Trump amenaza con una disrupción; Clinton amenaza con una continuación.

Se trata de dos formas de hacer lo mismo -de alcanzar para Estados Unidos otra vez la hegemonía global- solo que difuminadas por los procesos de construcción narrativo políticos y comunicacionales que las distintas campañas ponen al servicio de los medios masivos de comunicación. El problema surgido en la Universidad de Minnesota, entre aquellos que quieren construir un muro y entre los que intentan borrar ese mensaje, se repite a nivel nacional. La carencia de un diálogo es el síntoma más obvio del proceso de deconstrucción de identidad nacional que tanto temen los republicanos y sus seguidores; y es también el síntoma más obvio del proceso de poner dinamita sobre la larga lucha de derechos civiles que tanto temen los demócratas.

Intentar ponerse en los zapatos de los republicanos, siendo mexicano, es, sin embargo, una tarea imposible. Es difícil ser tolerante con una organización que apoya a un individuo que ha amenazado a cada grupo racial, a las mujeres, a los discapacitados. No se trata de borrar los mensajes superponiendo otros sino de combatir el racismo con argumentos y no con un tufo de superioridad moral que únicamente nos margina del debate público. Ahora, más que nunca, urge hablar. Moderar la voz. Entender el tono. Me recordó a eso que Judith Butler, en un ensayo valiente llamado Explanation and exoneration, or what we can hear, escribió sobre entender las circunstancias que permitieron el 9/11:

“Pero tomar los actos generados por un individuo como nuestro punto de partida en el razonamiento moral es precisamente cerrar la posibilidad de preguntarnos qué clase de mundo ayuda a generar ese tipo de individuos.”

Es decir: para combatir la idea de la creación del muro –entre otras propuestas republicanas- hay que remitirnos, quizá, al propio 9/11, que de alguna forma contribuyó al aumento de la globalifobia americana encarnada en los países pertenecientes al eje del mal de la administración Bush; en el abierto repudio transmutado en racismo durante la presidencia de Obama y de una nueva topología de la información que surge de una catacresis informativa que inicia como mito y acaba en realidad desde los rincones más oscuros del internet. Con Donald Trump asistimos a la combinación perversa de una política que hace de los espacios tradicionales de poder –los medios de comunicación, las instituciones políticas, las universidades, las organizaciones internacionales- estatuas de un conciliábulo cuyas raíces se encuentran desterradas de la vida cotidiana de los individuos y que únicamente responden a los centros de poder. El movimiento de Trump representa una contrainsurgencia de los valores que han hecho de Estados Unidos una potencia global: presencia militar, presencia económica, apertura comercial.

Es significativo que en el vórtice del capitalismo mundial surja un movimiento tan clínicamente apegado a formas de resistencia de lo nativo, nacional y racista. Hay que entender que esa pérdida de privilegios y de espacios que tanto reclaman los blancos en Estados Unidos no es exclusiva de ellos sino que tiene que ver también con la precarización laboral y la presión infinita de consumo con el que se vive a diario. Acostumbrados al acceso fácil de mercancías antes accesibles, los americanos descubren con horror los altísimos costos universitarios, crisis económicas que despojan a la población de sus hogares, formas de micro empoderamiento que devienen en clichés -cirugías plásticas, el coche del año, vacaciones de ensueño- todo un diccionario de pequeñas catástrofes que minimizan al individuo a la expresión más sencilla para el capitalismo: el consumidor. Las campañas de Sanders y de Trump apuntan hacia esta dirección. La ultra derecha, tanto en Estados Unidos como en Europa, de pronto se dio cuenta que la semántica del odio hacia grupos vulnerables deviene en oportunidad política porque la defensa de dichos grupos depende de la magnanimidad de organizaciones o Estados –como el mexicano- a los que nunca les ha interesado defender al migrante en el extranjero. Así, las fobias de Trump re conceptualizan el espacio público norteamericano en un lugar de identificación en el que el Ellos y Nosotros se transforma en un Ellos y Nosotros. Mediante la abstracción retórica, Trump no juega a deshumanizar a los grupos vulnerables sino a re catalogarlos como tachaduras que necesitan ser borradas completamente. Es decir, no deshumanizarlos sino ponerles la marca registrada de la deportación o el estereotipo. Son seres humanos, pero distintos. Nos damos cuenta que lo único que se necesita para sacar el racismo de la intimidad a la calle es una voz que se atreva a hacerlo.

El ascenso de Trump habría que entenderlo también en términos de la mimesis que los votantes se representan cuando en los medios de comunicación americanos se habla de otros países. Los estereotipos de la violencia alrededor del mundo, auspiciados por el poderoso fármaco de las imágenes recrean en el espectador –especialmente el de la derecha- un apocalipsis global que tocará a su puerta en unos segundos. ¿Por qué la derecha? Tal vez por la compleja red de relaciones que ese sector de votantes tiene con organizaciones que generan un clima de miedo, como Fox News, y los lazos de los votantes con diversas iglesias, movimientos de supremacía blanca, etcétera.

Donald Trump no puede ser explicado en función de ningún proceso horizontal y perfectamente bien delimitado. Las fantasías del republicano son fruto de operaciones sociales complejas que ni siquiera los republicanos entienden. Estamos, quizá, ante un partido político cuya crisis de identidad le permitió alzarse como alternativa debido a la liquidez de las opciones políticas modernas. Las opciones de decisión tradicionales, como el voto, sucumben ante alternativas privadas que crean un espacio de oportunidad para el individuo que no se encuentra a sí mismo allá afuera: la subjetividad ampliada desde marcos de percepción propios que le otorgan al individuo la razón desde su experiencia. Las redes sociales y la libertad de expresión tensada al máximo son factores cruciales para entender la nueva terminología de la derecha.

¿Cómo entender que los seguidores de Trump vean en Clinton a una representante del capitalismo global con fuertes relaciones en Wall Street y a Trump como una especie de modelo político disruptivo? La lógica de tal decisión parece ser que la distinción ya no es entre izquierda y derecha sino entre emprendedores y administradores. No importa lo que Trump haga o diga porque el votante republicano, radicalizado, entiende y ve a su candidato como el fruto más acabado del éxito; mientras que ve a Clinton como una heredera de un legado que odia: el poder.

Lo sucedido en la Universidad de Minnesota es un pequeño gesto que puede ser reproducido como un territorio inexplorado y que apenas estamos atisbando. Esto es una forma de política que ya no sugiere debate y ni siquiera confrontación sino hermetismo. Es una política de anagnórisis y revelaciones místicas en la derecha y en la izquierda y en donde lo obvio no necesita ser explicado, en donde escribir mensajes con una fuerte carga de racismo es combatido mediante una labor de higiene en donde nos lavamos las manos sin tocar al que consideramos políticamente atrasado.

El Washington Avenue Bridge es un lugar lleno de vida por donde cientos de estudiantes pasan pero también es un lugar de muerte en donde algunos se han quitado la vida. Ahora es también un mensaje político, atravesado por narrativas que hacen eco de procesos globales diversos y retóricas políticas tan opacas que imaginarse una posible policromía es devenir en daltónico. Ahora, ese puente hace también eco de la lucha encarnizada entre demócratas y republicanos.

Lo único que no ha cambiado es el agua del Misisipi.


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