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1863: La “bárbara” defensa de Puebla

En Estudio en Escarlata, Sherlock Holmes menciona que el cerebro es como una pequeña habitación que se va llenando con las cosas que aprendemos a lo largo del tiempo

Por: Iván Lópezgallo

I.- De la memoria y algunas victorias.

En Estudio en Escarlata, Sherlock Holmes menciona que el cerebro es como una pequeña habitación que se va llenando con las cosas que aprendemos a lo largo del tiempo, por lo que “llega un momento en que cada conocimiento nuevo que se agrega supone el olvido de algo que ya se conocía”.

De similar forma trabaja nuestra memoria, ya que no alcanza a retener todas las cosas que suceden en nuestras vidas. Y como es selectiva –caprichosa, diría yo–, ignora todo aquello que puede parecerle intrascendente o poco significativo… sin reflexionar en la importancia que podría tener. Esto aplicar también para las naciones, ya que suelen recordar los triunfos gloriosos y los descalabros más dolorosos –claro, si no resultan contrarios o poco redituables al gobierno en turno–.

Solo así nos explicamos que nuestra máxima fiesta nacional se festeje el 15 de septiembre y conmemore la Independencia de México… cuando fue el 27 de septiembre de 1821 el día en el Ejército Trigarante entró a la Ciudad de México, siendo promulgada el Acta de Independencia un día después.

Entonces, ¿por qué festejamos el momento en que Miguel Hidalgo llamó a la insurrección –que dicho sea de paso no fue 15, sino la madrugada del 16, pero Porfirio Díaz adelantó la ceremonia para que coincidiera con su cumpleaños–, y no la consumación de la lucha?

La respuesta es muy sencilla: porque el gran caudillo de la independencia fue Agustín de Iturbide, quien goza de un lugar privilegiado entre los villanos de nuestra historia oficial por hacerse coronar emperador al poco tiempo. Fue para borrar toda referencia a Iturbide y su imperio que los gobiernos republicanos decidieron festejar el inició la lucha y no su consumación; algo que, dicho sea de paso, comenzaron a hacer las fuerzas de José María Morelos, quien en los Sentimientos de la Nación pidió que “se solemnice el día 16 de septiembre [de] todos los años, como el día aniversario el que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa libertad comenzó”.

Junto a los festejos por la independencia destacan los de la Revolución (el 20 de noviembre) y el del 5 de mayo de 1862, día en que las fuerzas mexicanas vencieron a las francesas en Puebla. Suceso importantísimo que es considerado por muchos como la primera victoria de un ejército nacional frente tropas extranjeras… solo que olvidan que en 1829, en Tamaulipas, fue derrotada la expedición que buscaba reconquistar lo que un día fue la Nueva España. Es algo que resulta lógico –me refiero a este olvido– si consideramos que el general en jefe de nuestros soldados era otro de los grandes demonios de nuestra historia: Antonio López de Santa Anna.

II.- Aquellas entrañables derrotas.

Entre nuestros descalabros sobresale la guerra contra los Estados Unidos, misma en la que Santa Anna –igual en la pérdida de Texas años atrás– jugó un papel estelar. Fue una lucha que culminó con la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, dejando además un gran pesimismo sobre el futuro de nuestro país. Algo que se debía en gran medida a que de 1821 a 1847, año en que se consumó la derrota frente a los norteamericanos, México sufrió tres intervenciones extranjeras y una serie interminable de cuartelazos, golpes de estado y revoluciones que hundieron al país en la miseria, la inseguridad y la parálisis económica.

Sí, se perdió la guerra y, a pesar de las enseñanzas que nos dejó –entre ellas que era imprescindible fomentar un sentimiento de nación inexistente hasta ese momento–, en lo político todo siguió igual durante los siguientes ocho años: Santa Anna abandonó el país una vez más, pero luego regresó y volvió a tomar el mando. Hasta que una nueva revolución lo volvió a expulsar del poder, esta vez para siempre.

Luego se promulgó la Constitución liberal de 1857 y, poco después, el presidente Comonfort le hizo caso a su mamá –según dicen por ahí– y desconoció la carta magna… dando origen a la Guerra de Reforma, conflicto en el que los liberales derrotaron a los conservadores, quienes muy pronto apoyaron –en su mayoría– la intervención de Napoleón III y su proyecto de imponer a un emperador extranjero y convertir a México en un protectorado francés.

III.- Las armas nacionales se cubrieron de gloria… y lo que pasó después.

Así llegó el 5 de mayo de 1862 y las armas nacionales se cubrieron de gloria, según dice el comunicado que el general Ignacio Zaragoza le envió al presidente Juárez. Y hubo fiestas, discursos y proclamas. El gobierno entregó medallas y homenajes a los triunfadores y se hicieron planes para continuar con la resistencia, ya que todo mundo sabía que los invasores regresarían con refuerzos. Y el optimismo flotaba en el aire… hasta que el general Zaragoza murió de fiebre tifoidea cuatro meses después, quedando la defensa de Puebla en manos del General Jesús González Ortega, célebre por derrotar a los conservadores en Calpulalpan y poner fin a la Guerra de Reforma.

Pero si la elección de González Ortega resultó algo natural, el nombramiento de Ignacio Comonfort –el mismo que atentó contra la Constitución que tanto defendieron los liberales– como jefe del Ejército del Centro provocó enojos e inconformidades y “fue discutido acaloradamente en el gabinete de Juárez, lo cual originó que Manuel Doblado, entonces ministro de Relaciones, abandonara su puesto como muestra de inconformidad ante dicha decisión. Pero este regreso no solo inquietó a los políticos de la época, sino también a muchos militares en servicio”.

Sin embargo, las protestas, las renuncias y la animadversión que generó su designación no evitaron que Comonfort tomara el mando del Ejército del Centro y hostilizara a los invasores… hasta que sus tropas fueron despedazadas en San Lorenzo el 8 de mayo de 1863.

Casi dos meses antes, el 16 de marzo para ser exactos, los franceses y sus aliados conservadores comenzaron a cercar Puebla. El sitio duró 62 días y culminó con miles de muertos, la rendición del Ejército de Oriente y la captura de los militares más importantes de la República, entre quienes podemos mencionar a Jesús González Ortega, Mariano Escobedo, Porfirio Díaz, Epitacio Huerta e Ignacio de la Llave.

IV.- Se peleaba calle por calle.

Pese a la derrota, el sitio de Puebla es uno de los acontecimientos más gloriosos de la historia de nuestro país. Durante dos meses, casi 24 mil mexicanos –muchos con una escasa o casi nula preparación militar– se enfrentaron a más de 26 mil soldados franceses y conservadores que los superaban en experiencia y armamento.

A pesar de ello, tras 60 días de una encarnizada lucha calle por calle, casa por casa y metro por metro, los invasores solo habían podido tomar el fuerte de San Javier, mientras que “La Misericordia, Los Remedios, El Carmen, Santa Anita, Loreto, Guadalupe [y] El Señor de los Trabajos, acribillados, humeantes, empapados de sangre, estaban en pie y en manos mexicanas”.

Durante el sitio quedaron consignados muchos testimonios en los que el desprecio a los invasores era evidente. Como el que dice que “había una mujer en Puebla que desde una ventana hacía ostentación de su nalgatorio ante una trinchera de muchachos franceses, hasta que uno le soltó un tiro”.

Y ni que decir de los que tienen como protagonistas al valor y patriotismo de los defensores. Varios de ellos se los debemos al general Francisco Troncoso, quien apuntó en su diario que durante la defensa del fuerte de San Javier, ubicado en la Penitenciaria poblana, los mexicanos hacían “todos sus esfuerzos para contener al enemigo, mientras llegaban las reservas. Poco se tiraba y se jugaban solo las bayonetas; se peleaba con furor, y los jefes y oficiales mexicanos tomaban fusiles de los caídos y se batían también al arma blanca.

Los franceses penetran en los patios y en las horadaciones, revueltos con los nuestros, en cada paso de un patio a otro, se hacen nuevos esfuerzos para detenerlos, perdiendo siempre mucha gente; pero, a pesar de prodigios de valor y sacrificio, el enemigo no se detiene y llega hasta el primer patio. La pequeña reserva del 2º y del 6º hace un nuevo esfuerzo y logra arrojarlos hasta el segundo patio, pero vuelve a retroceder después de pérdidas enormes por una u otra parte.

Las reservas no llegaban, y puede decirse que no solo el fuerte, sino aún los edificios están perdidos, pues ya comienza la guarnición a salir para la plazuela del Paseo. En ese momento se oye un fuego muy sostenido en el primer patio, y los franceses hacen alto, retrocediendo muchos al segundo. Era que el teniente coronel Rosado, al retroceder, se había subido a los altos del edificio con unos 200 hombres, y acordándose que hasta el grado de Comandante había sido de artillería, se llevó un obús de montaña que situó en la escalera. Desde los altos comenzó un fuego vivísimo sobre los enemigos que llenaban el patio, quienes se arrojaron en gran número sobre la escalera, pero se les hizo un fuego nutrido a quemarropa y se disparó el obús, [por lo que] sufren grandes bajas y se retiran, vuelven a cargar por dos veces, y son nuevamente rechazados”.

Sin embargo, a pesar del esfuerzo de los defensores, la penitenciaría cayó en manos de los franceses, por lo que, según registró Troncoso en su diario, “un capitán de zuavos, llamado Gilard, se adelanta al centro del primer patio y propone al teniente coronel Rosado, a nombre del general Douay, que se rinda puesto que ya no había otra resistencia en el fuerte. Como ya se le habían agotado las municiones, Rosado dijo a Gilard que avanzara hasta el primer tramo de la escalera, para tratar. Allí bajó Rosado con su pistola en la mano y dijo a Gilard:

–Para comenzar, hágame usted el favor de envainar su espada.

–Bien –respondió Gilard–, pero usted guarde su pistola.

Así se hizo. Gilard dijo a Rosado que ya era inútil la defensa; que todo el fuerte, inclusive los edificios, estaban en poder de los franceses, y que al rendirse se les trataría con las consideraciones debidas”.

Después, anotó Troncoso, “subieron a los altos, allí reunió Rosado a los 130 hombres que sobraban de los 200, y dijo a esos oficiales franceses:

–Van a ver ustedes por qué me he rendido.

Y mandó a sus soldados abrir y presentar sus cartucheras. Pasaron revista, y solo se encontró un cartucho en cada una, que Rosado había mandado reservar”.

De acuerdo con el general Élie Frédéric Forey, general en jefe del ejército francés, entre los fuertes de San Javier y Santa Inés –que logró resistir los ataques sin caer en manos de los franceses– se dispararon más obuses que en la ciudad de Sebastopol, durante la Guerra de Crimea. “Así lo dice Forey. No lo dice un mexicano, lo dice un francés”, puntualizó en entrevista el cronista e historiador Pedro Ángel Palou Pérez, quien considera que la defensa de estos fuertes son los acontecimientos más heroicos del sitio de Puebla, “independientemente de lo que pasó en la ciudad con la falta de agua potable, alimentos y medicinas… y del drama que vivió la población civil”.

V.- Defensa “bárbara y reprobada”… que no pudo continuar por falta de municiones y otras cosillas.

Fue tan dura, temeraria y esforzada la defensa de Puebla que el mismo Forey le mandó decir a González Ortega que lo que estaba haciendo era:

Una cosa inusitada y hasta cierto punto bárbara y reprobada por la civilización moderna, pues los edificios y casas de la ciudad están convirtiéndose en cenizas y escombros por su tenacidad[…] en Europa se acostumbra según la práctica establecida en los sitios modernos, tan luego como se rompe la línea anterior de la plaza, entrar los defensores en ella en pláticas con los sitiadores y arreglar una capitulación honrosa”.

Al final la ciudad se rindió. Y no por el mensaje de Forey, sino por la falta de municiones, agua y alimentos. Llegó a ser tan desesperada la situación, que “las madres de familia llegaban con sus hijos a la casa de González Ortega para pedirle algo de comer o un salvoconducto para abandonar la ciudad”, recuerda el cronista Pedro Ángel Palou Pérez.

Sin embargo, a pesar de lo desesperado de su situación, los defensores estaban decididos a llegar hasta el final… pero la derrota de Comonfort y su Ejército del Centro terminó con cualquier posibilidad de recibir ayuda del exterior y el general González Ortega ordenó destruir todo el material de guerra, por lo que, de acuerdo con el maestro Palou Pérez, “se hicieron volar los depósitos de pólvora existentes, estrellaron los obuses, los cañones quedaron clavados con las curañas aserradas, rotas las armas, incineradas las banderas, quedó disuelta la tropa”.

Además, González Ortega dio instrucciones de que a las cinco y media de la mañana del 17 de mayo “se tocará parlamento y se izará una bandera blanca en cada uno de los fuertes y en cada una de las manzanas y calles que dan frente a las manzanas y calles que ocupa en enemigo”. Noventa minutos antes de la hora señalada en sus órdenes, González Ortega escribió a Forey:

Señor general: no siéndome ya posible seguir defendiendo esta plaza por falta de municiones y víveres, he disuelto el ejército que estaba a mis órdenes y roto su armamento, incluso toda la artillería.

Queda, pues, la plaza a la órdenes de V.E., y puede mandarla ocupar, tomando, si lo estima conveniente, las medidas que dicta la prudencia para evitar los males que traería consigo una ocupación violenta cuando ya no hay motivo para ello.

El cuadro de generales, jefes y oficiales de que se compone este ejército, se halla en el Palacio de Gobierno, y los individuos que lo forman, se entregan como prisioneros de guerra. No puedo, señor general, seguir defendiéndome por más tiempo, si pudiera, no dude V.E. que lo haría”.

VI.- Los números de la derrota.

En Puebla, los franceses hicieron prisioneros a más de diez mil hambrientos soldados y cerca de mil quinientos generales, jefes y oficiales a quienes se ofreció dejar en libertad si firmaban un documento que decía así:

"Los que abajo firmamos, oficiales mexicanos hechos prisioneros, nos comprometemos, bajo nuestra palabra de honor, a no salir de los límites de la residencia que nos estará asignada, a no mezclarnos en nada por escrito o por actos, en los hechos de guerra o de política, por todo el tiempo que permaneceremos prisioneros de guerra y a no corresponder con nuestras familias y amigos sin el previo consentimiento de la autoridad francesa”.

Proposición que fue desechada con indignación por los militares mexicanos, quienes contestaron que no firmarían, “tanto porque las leyes de su país les prohíben contraer compromiso alguno que menoscabe la dignidad del honor militar, como porque se lo prohíben sus convicciones y opiniones particulares”.

Postura que provocó su inmediato destierro a Francia.

De acuerdo con el general Agustín Alcérreca, quien en esa época era coronel y también cayó prisionero, el 20 de mayo salieron rumbo a Veracruz mil 466 generales, jefes y oficiales, escapándose muchos de ellos durante el camino. En su diario, Alcérreca registró que unas señoritas veracruzanas apellidadas Zamora “disfrazaron con capas y sombreros a los generales Ignacio de la Llave, tío suyo; al general González Ortega, al general Alejandro García y otros jefes que asidos del brazo burlaron la vigilancia de nuestros guardianes y se fugaron”; mientras que otros lograron escapar gracias a que eran bastante morenos y “los disfrazó su color natural y la sombra de la noche”.

Finalmente, Alcérreca escribió que solo fueron embarcados rumbo al viejo continente 54 generales y coroneles, además de 417 jefes y oficiales, casi mil menos de los que anotó que salieron de Puebla.

VII.- No es lo mismo que “lo mesmo”.

Estamos en Metz, Francia. El año es 1870.

El Mariscal François Achille Bazaine observa como la ciudad es sitiada por soldados prusianos. Han pasado siete años de su victoria sobre el ejército de Ignacio Comonfort en San Lorenzo –misma que definió la caída de Puebla–, y solo tres desde que regresó de México con las fuerzas expedicionarias –de las que fue general en jefe después de Forey–.

Las cosas han cambiado mucho: ahora él es el sitiado.

Y aunque se le presentaron oportunidades para atacar a los prusianos, terminó entregando la plaza, por lo que sus ¡167 mil hombres!, armas, municiones y material de guerra cayeron en manos del enemigo, lo que al final contribuyó a la derrota de su emperador, Napoleón III.

Además, a diferencia de los sitiados en Puebla, Bazaine “no hizo lo que el honor y el deber prescriben en estos casos, no destruyó el material de guerra, cuyos recursos bélicos los deja en el enemigo. Acepta que los oficiales vuelvan a casa y firmen su palabra de honor de no hacer armas contra sus vencedores”.

Por todo esto, no resulta extraño que un consejo de guerra lo condenara a muerte; aunque después se le cambió esta pena por 20 años de destierro, castigo que no pudo cumplir porque un comerciante paisano suyo lo asesinó en 1887.

Epílogo.

La defensa de Puebla, bárbara ante los ojos de Forey y admirable para los militares franceses que años después le reprocharon a Bazaine no actuar de la misma forma, es un suceso poco conocido de nuestra historia que resulta importante rescatar e investigar, ya que es poca la bibliografía que se tiene del tema.

En el sitio de Puebla, los testimonios de coraje y valor de los defensores se contraponen con lo que hoy podríamos calificar como “error” del presidente Juárez, quien no nombró a un general en jefe entre Comonfort y González Ortega, provocando que ambos jefes tuvieran que pedir órdenes a la Ciudad de México… para después esperar la respuesta, lo que hizo que se perdiera tiempo muy valioso y se careciera de una coordinación adecuada entre los ejércitos Del Centro y De Oriente; además de que alimentó la desconfianza entre ambos militares –algo que la mayoría de los jefes liberales le tenían a Comonfort por su papel en la Guerra de Reforma–. Desconfianza que creció en González Ortega porque, de acuerdo con varios testimonios, le dijeron que le iban a quitar el mando del Ejército de Oriente para dárselo a Comonfort.

Sin embargo, más que estos señalamientos –que son realizados a más de 150 años de distancia y con los resultados a la vista–, el sitio de Puebla nos deja como legado, de acuerdo con el historiador Pedro Salmerón, “la indomable voluntad de un país que no lo es y quiere serlo”; además del heroísmo de quienes lucharon por defender a México de la invasión extranjera… aunque ello significara ir contra sus ideas políticas. Caso, entre otros, del general conservador Miguel Negrete, quien después de ponerse bajo las órdenes de Juárez fue cuestionado por sus conocidos, quienes le reprochaban apoyar a los enemigos de su partido; reclamo al que respondió de la siguiente manera:

–Antes que partido, yo tengo patria.

Frase que habría que recordarle a muchos políticos de nuestros días. Y más aún, lección que deberíamos tener presente todos y cada uno de nosotros en nuestro desempeño diario, ¿no les parece?

Pedro Ángel Palou Pérez, citado en la sesión del Congreso del Estado de Puebla en que se declara a la Ciudad de Puebla “cuatro veces Heroica”. 12 de mayo de 2016, Congreso de Puebla. Sitio web: http://congresopuebla.gob.mx/index.php?

Puebla se rinde a los franceses. 16 de marzo de 2016, de Instituto Nacional de Estudios Políticos. Sitio web: http://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/5/17051863.html.


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