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Museo del Tiempo exhibe mil 200 objetos de la Edad Media al siglo XX

Unos mil 200 objetos de la Edad Media al siglo XX, mecánicos y eléctricos, habitan en el Museo del Tiempo que celebra siete años ofreciendo al público un asombroso recorrido interactivo, didáctico y educativo a través de sus instalaciones.

Unos mil 200 objetos de la Edad Media al siglo XX, mecánicos y eléctricos, habitan en el Museo del Tiempo que celebra siete años ofreciendo al público un asombroso recorrido interactivo, didáctico y educativo a través de sus instalaciones.

Relojes, fonógrafos, gramófonos, teléfonos, sinfonolas, pianolas, victrolas, cajas de música, televisores, radios, muebles y máquinas de escribir, entre otros aparatos, ocupan las habitaciones de una casa pequeña de dos niveles, en colores anaranjado y gris que invita a visitarla mediante el sonido de varios tictac y campanadas.

A la vista, el Museo del Tiempo pasa casi inadvertido, pues no existe un letrero grande que lo anuncie y la puerta de acceso, cuyo timbre es una campana, es tan pequeña que apenas se distingue el asombroso universo que hay dentro y que observa la vida a través de dos ventanas.

Basta con ingresar por primera vez para no querer salir, pues el viaje al pasado revisa la historia de la música, de la imagen, de la escritura y del tiempo que se mide con un reloj, pero que nunca se detiene.

“Todos los artefactos, incluso aquellos de hace 300 años, funcionan en su totalidad, pues no tendría caso tenerlos en una vitrina sin poder escucharlos”, afirmó su propietario Markus Frehner durante la visita que Notimex hizo en el Centro de Tlalpan de esta ciudad.

“La caja de música como la que está allá atrás y que tiene un disco de fierro, llegó a costar como 280 pesos oro en su época. Con eso te comprabas una casa en México. Fueron pocas las personas que lo tuvieron”, aseguró Frehner mientras degustaba una taza de café, servicio que ofrece a todos sus visitantes.

El Museo del Tiempo abrió en el año 2000 siendo una relojería de venta, mantenimiento, restauración y reparación de objetos, pero nueve años después se erigió también como museo ante la petición de los clientes que solicitaban a su dueño una explicación y exhibición de cada uno de los aparatos.

Hace 15 años, Markus Frehner inició la colección. Muchas piezas inglesas, americanas, francesas, suizas y alemanas las compró en subastas de Europa, Estados Unidos y Canadá.

El gusto por lo antiguo le viene desde que era niño, “traficaba con objetos”, dice, y cada vez que llegaba a casa, su madre le hacía la misma pregunta: “y ahora, ¿qué traes?”.

Su primer contacto con un reloj fue a través de un Patek Philippe de oro de 18 kilates que le regalaron a su abuelo por 25 años de servicio en su ciudad y que por error, tiró al escusado y jaló de la manija.

“Me gusta lo antiguo porque los objetos fueron hechos por artesanos que tenían cierto orgullo, ellos hacían bien las cosas y garantizaban su existencia para toda la vida. Era una cuestión de calidad, pues si hoy en día se compra un producto, cada uno está hecho para cierto tiempo de vida útil, ocho o 10 años, pero no más”, indicó.

Todo tiene un porqué al exhibirse en la galería. Los visitantes podrían pensar qué una caja de música, un fonógrafo o gramófono nada tiene en común con un reloj y la respuesta es contraria, pues todo tiene su origen a partir de la mecánica de la relojería.

Los estudiantes de secundaria o preparatoria son los más asiduos a recorrer los rincones del lugar, mismos que Markus Frehner llama “la generación iPod” porque no conocen un teléfono de disco, pues ya no les tocó.

Cuando les muestra que existió algo así que antecedió su “smartphone” y que todavía funciona, los adolescentes se muestran asombrados e interesados por conocer más. Entonces, el recorrido que estaba programado para durar una hora, termina ampliándose a dos.

Ahí es cuando su propietario confirma que sigue valiendo la pena conservar el Museo del Tiempo que en junio se mudará de dirección hacia una casa del siglo XIX, en el zócalo del Centro del Tlalpan.

De entre lo más atractivo para la gente está aquello que no tiene precio como la juke-box, también conocida como rockola, sinfonola, gramola o tragamonedas de 1938 que reproduce música. “Sólo hay dos en el mundo y una está aquí, por eso es invaluable”, asegura.

La rockola era atractiva para la gente en las ferias o parques de diversión, así como en estaciones de trenes en Suiza durante algunas décadas previas a su introducción como auténticos fonógrafos operados por monedas. Se trata del primer medio de sonido grabado.

Aunque prefiere no abundar en cifras, el máximo precio que Markus Frehner ha llegado a pagar por algo que posee, es a cambio de una credenza de 1926 de Victor Victrola que en su época llegó a costar hasta un lote de terreno, según el tipo de acabado en su modelo.

“La que tenemos aquí, costaba 350 dólares. Es de caoba macizo y no cualquiera tenía una”, explica mientras la hace tocar, a todo volumen un disco de 78 revoluciones con el “West end blues”, de Joe (King) Oliver), grabado en 1928.

Markhus ha sido cauteloso en formar su colección, pues nunca se ha quedado endeudado por adquirir una pieza, salvo que recién vendió su camioneta para acondicionar las instalaciones del nuevo museo.

Él es originario de Suiza, pero vive en México desde 1993. Llegó para aprender a hablar el idioma español y le gustó tanto el país que decidió radicar en él y aquí nacieron sus hijos.

Junto con su equipo de trabajo, él mismo le da mantenimiento a cada uno de los aparatos y tiene mayor cuidado en aquellos relojes del siglo XVIII. No existen refacciones en México, ellos mismos construyen algunas, pues asegura que prácticamente el negocio de la reparación y restauración de relojes, ha muerto.

“Las cuerdas de reloj de pared se adquieren con una compañía alemana que las fabrica en la Selva Negra y se las compramos porque en México ya no se consigue nada”, lamentó el relojero, quien prefiere no revelar si alguno de los artefactos perteneció a algún personaje conocido en la historia.

Lo que sí le gusta presumir es que relojes, radios y gramófonos vistieron algunas de las escenas de la película “Bandidas” que en 2006 protagonizaron Penélope Cruz y Salma Hayek, bajo la dirección de Joachim Roenning y Espen Sandberg.

“Aquí estuvo Luc Besson para escoger todo lo que necesitaba y se lo rentamos”, respondió mientras se escuchaban las campanadas de uno de los relojes de dos metros y el constante tictac en toda la sala, mismo que ya es imperceptible para él, no así el tiempo.

“El tiempo se acaba para todos, hay miles de definiciones para él, pero lo más importante es que uno lo aproveche”, puntualizó Markus Frehner mientras mostraba una cámara suiza de siglo XIX. Es tipo Bolex de la compañía Paillard.

“¿Quieren ver un reloj de verdad?”, pregunta. Aquí está uno de 1705 y todavía sirve, escúchenlo y disfrútenlo. Fue hecho por el relojero de Ana Bolena, la primera reina de Inglaterra, aquella que fue decapitada acusada por traición”, señala a la par de observar lo siguiente que con orgullo mostrará.

A partir del 15 de junio, el Museo del Tiempo se trasladará a la Plaza de la Constitución número 7, enfrente del Jurídico de la delegación de Tlalpan. La mayoría de los objetos se transportarán uno a uno a pie a fin de no dañar su estructura.

Por lo pronto, continúa con sus puertas abiertas de lunes a sábado en diversos horarios. El máximo número de personas que se pueden recibir son en grupo de 10 y con previa cita. El precio de boleto por adulto es de 30 pesos y 20 por cada niño.

Como parte del Día Internacional de los Museos, el Museo del Tiempo rifará 100 boletos dobles para asistir a sus nuevas instalaciones en la semana del 8 al 14 de agosto.


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