Cultura

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Algodones de azúcar, una tradición dulce que nunca pasa de moda

Se requiere de destreza para dar vuelta al algodón a fin de que los hilos de azúcar se junten

Rosa, azul, verde, morado y naranja, o combinado de dos o tres colores; de sabores fresa, naranja, anís y uva, el algodón de azúcar es una de las golosinas populares que nunca pasa de moda y a lo largo del año se degustan en los parques, ferias, y fiestas patronales de México.

Luis Munguía Méndez, de 47 años de edad, padre de dos hijos de secundaria, es heredero de una tradición que no inició en su familia, pero que hace 41 años le aseguró su sustento y le ha generado recursos para la edificación de su casa en la colonia San Juan de Aragón, en la delegación Gustavo A. Madero de esta capital, y la manutención de su familia.

Todos los días se levanta temprano y se prepara para ir al Bosque de Chapultepec, donde junto a unos 20 algodoneros más, se dedica a la elaboración de algodones de azúcar que venden a precios que van desde los 15 hasta los 50 pesos, según el tamaño.

Sentado, sin prisas, lavando una de las piezas de su máquina de algodones, narra su historia como algodonero, toda una vida de trabajo que inició a los seis años, cuando la señora a la que le lavaba ropa su mamá, en el municipio de Ecatepec, estado de México, le pidió ayuda para colocar el dulce, en bolsas de nailon.

De manera paulatina y sin darse cuenta, aprendió esta actividad, de ahí pagó sus estudios hasta la secundaria, ayudó a sus papás a mantener a sus cuatro hermanos y después a su familia; a los 17 o 18 años logró tener su propio puesto de algodones de azúcar, en ocasiones se instala afuera de su casa; anteriormente lo hacía en ferias y en planteles educativos.

Entre semana, cuenta, vende de 20 a 30 piezas pequeñas, las que más piden son rosas, “las grandes no las hago porque no resulta, se gasta mucho material y sólo gano 50 pesos”; mientras que los sábados, domingos y temporadas vacacionales como Semana Santa y diciembre, son las de mayor ganancia al vender entre 150 y 200 piezas.

“Es una actividad que no deja mucho dinero, pero alcanza para vivir, cuando hay buenas ventas se ahorra para después y para hacerte de tus cosas”, comentó.

Luis Munguía explicó que no se requiere de gran inversión para la adquisición de los insumos, cada ocho días gasta 500 pesos en la compra de azúcar, color vegetal, esencia de sabores –fresa, uva, naranja y anis-, palitos, colorante vegetal, y bolsas; así como un tanque de gas de cinco kilogramos.

Se requiere de destreza para dar vuelta al algodón a fin de que los hilos de azúcar se junten; nivelar el soplete para calcular la intensidad exacta de la lumbre, para que el azúcar no se caramelice; medir con precisión las medidas del azúcar, la pintura vegetal y esencia, “si te pasas de esencia, el algodón sabe a alcohol; si te pasas de pintura vegetal, sabe amargo y salado”.

Destacó que se trata de un dulce centenario, pues desde hace mucho tiempo se popularizó, sin embargo, se ha ido perdiendo y en las calles se ven muy pocos algodoneros, debido a que en la Ciudad de México no se pueden instalar en cualquier punto y deben tener espacios permitidos, pagar impuestos y permisos.

Cabe señalar que en las delegaciones políticas se otorgan permisos para la instalación de vendedores de dulces y en verbenas populares el comercio en vía pública, donde se encuentran, cada vez más pocos, algunos algodoneros.


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