Cultura

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Santuario de los Guerrero Águila, monolito único en su tipo en América

El centro ceremonial está integrado por seis templos, el más importante de ellos es el Santuario de los Guerreros Águila y Jaguar

En lo alto del Cerro de los Ídolos, a media hora de la cabecera municipal, se encuentra el Santuario de los Guerreros Aguila y Jaguar, una estructura monolítica única en su tipo en el continente americano, sólo comparable con las de Ellora en la India o las de Petra en Jordania.

Ubicado a casi dos horas de la capital mexicana, para llegar es necesario subir 426 escalones que cubren la distancia de un kilómetro entre la base de la montaña y la zona arqueológica, pero las estructuras prehispánicas y las vistas panorámicas bien valen la pena del recorrido.

El centro ceremonial está integrado por seis templos, el más importante de ellos es el Santuario de los Guerreros Águila y Jaguar, debido a que está labrado en la piedra de la montaña, al igual que lo hicieron los nabateos al otro lado del continente.

El cronista y miembro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Félix Sánchez Benítez, aseguró que este trabajo requirió 14 años y miles de manos expertas que esculpieron no solamente recintos de culto, sino imágenes representativas de la guerra y la cosmología del imperio azteca.

Este monolito, que nuestros antepasados llamaron Cuauhcalli, explicó el cronista, tiene como base una escalinata de 13 escalones que representan los 13 niveles celestiales que integraban el Universo de los aztecas.

Sobre los muros de la entrada, un tallado de las fauces de una gran serpiente da la bienvenida y sobre el suelo, a manera de tapete, su lengua bífida invita a los curiosos a introducirse al templo sagrado.

“Significaba que el que se postulaba para guerrero ocelo (jaguar) o águila entraba en la entraña de la serpiente, se introducía en Coatlicue, es decir, en la entraña de la Madre Tierra. Quería decir que desde este momento, el guerrero entraba al reino de los muertos”, expuso.

Ya en el centro del recinto se encuentra la imagen de un águila que servía como lecho, en el que los postulantes eran perforados y tatuados, según su rango o distinción.

El ritual era presenciado por el huey tlatoani, Moctezuma II, y dos de sus máximos generales. El primero se colocaba al centro, sobre el tallado de una piel de jaguar, los segundos, a su lado, sobre las imágenes de dos grandes águilas.

“Fue en 1501 cuando se ordena la construcción de este templo ceremonial. Moctezuma II le dio continuidad hasta que se concluyó en 1515. Este es el único templo que se conoce usaba el imperio azteca para graduar a sus guerreros”, aseguró Sánchez Benítez.

Afirmó que las pruebas eran tan duras que sólo un guerrero, de todos los que aspiraban, lograba concluirlas en el ciclo de 260 días.

El centro ceremonial también cuenta con un basamento piramidal que fungió como un templo relacionado con el culto a Tláloc, dios de la lluvia; y un temalacatl, una estructura circular donde se realizaban los sacrificios gladiatorios.

“Los propios cronistas españoles se asombraron de lo inteligente y aguerrido que eran los mexicas, de la grandeza del imperio azteca, pero se horrorizaban porque hacían sacrificios humanos”, dijo el cronista.

Luego aclaró: “Como en la nuestra, en la historia de casi todas las culturas hay sacrificios humanos. El problema fue que los españoles nunca lo entendieron. Para los aztecas, morir en la piedra de sacrificios o en batalla era algo honroso porque significaba que se irían a la casa del sol, y luego de cuatro años de ayudarlo en su ascenso diario, reencarnarían en aves de hermosos plumajes”.

De sus días de gloria han pasado ya 526 años. Hoy, los vestigios hablan de un centro ceremonial que solamente fue digno de lo más sublime de la raza azteca, de hombres que eran capaces no sólo de enfrentarse con valor en la guerra, sino también de hacer ciencia y crear conocimientos.

Ganarse el reconocimiento de guerrero águila o jaguar era cosa para nada sencilla. Quien lo lograba y hacía méritos podría llegar a convertirse en huey tlatoani o gran gobernante, la empresa podría llevar muchos años de demostraciones de fuerza, valentía e inteligencia. Muchos, literalmente, morían en el intento.

“Sólo los hombres que concluían sus estudios en las escuelas de alta enseñanza, el Calmecac y el Telpochcalli llegaban al Cuauhcalli o el templo de los Guerreros Águila o Jaguar. Aquí tenían que realizar lo que en términos actuales calificaríamos como su examen final, su examen profesional”, ilustró Sánchez Benítez.

Abundó: “Dicho examen consistía en enclaustrarse durante 40 días para realizar ciertas actividades como ayunos, meditaciones y brutales autosacrificios. Los que lograban terminarla se convertían en guerreros águila, representación del sol diurno, o jaguar, representación de sol nocturno”.

A la edad de 20 años, luego de un lustro en las escuelas de alta enseñanza, los jóvenes mexicas podían postularse para lograr uno de estos dos rangos militares, las más importantes dentro de la milicia azteca.

Cada 17 de marzo y 2 de diciembre, -dice el especialista- el Cuauhcalli recibía a los aspirantes, lamentablemente, cientos morían en el intento, pues las pruebas era muy difíciles y dolorosas.

El joven que lo lograba, no sólo se convertía en Guerrero Águila o Jaguar, sino que era exento de todo tipo de impuestos, se le otorgaban tierras y esclavos para trabajarlas, además de que podía escoger a 20 mujeres dentro de las más bonitas de la comunidad y casarse con ellas.

Pero la máxima distinción era la de los puestos dirección. “Sólo los hombres que se probaban a sí mismos podían gobernar, no importaba que fueran de las clases sociales más bajas, si demostraban tener valor y conocimiento, podían llegar a ser guerreros y con el tiempo podían convertirse en tlatoanis”, explicó el especialista.

Con la conquista de los españoles, en 1521, la construcción y las actividades en este centro ceremonial fueron interrumpidas y abandonadas. No fue hasta 1933 que el santuario fue redescubierto. Sin embargo, más de la mitad de las ruinas arqueológicas aún se encuentran escondidas entre la maleza, esperando a ser restablecidas.

Hoy, el Cerro de los Ídolos escurre agua como si llorara las glorias de su estirpe de antaño, de una raza que ya no es lo que era, como si añorara al pueblo que forjó un imperio sobre los duros golpes del sacrificio y sueños de grandeza.


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