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El Relojero de Tepito, apasionado de un oficio en peligro de extinción

Desde hace 10 años, de lunes a sábado, abre al público su pequeño “templo de relojes”, como él le llama.

Son miles los relojes que Luis Hernández Estrada ha restaurado durante 55 años de ejercer un oficio que en México está en peligro de extinción ante el desinterés por los relojes monumentales y el avance implacable de la tecnología.

La situación es difícil, admite el llamado Relojero de Tepito, “pero a mis 70 años, no sé hacer otra cosa, yo nací para esto y ésta es mi pasión, lo que me mantiene vivo, aunque el relojero sea un animal en peligro de extinción”.

Desde hace 10 años, de lunes a sábado, abre al público su pequeño “templo de relojes”, como él le llama. Está ubicado en el despacho 212 del Centro del Reloj, en la calle de Palma 33 en el Centro Histórico de esta ciudad, donde hace 11 años se inauguraron “Los espíritus del tiempo”, su máximo orgullo.

Para sentirse médico, dice, se pone su bata blanca. Se lava las manos para retirar la grasa que tenga, se coloca en el ojo derecho su lente de lupa, alista sus herramientas y sin más preámbulos, se dispone a analizar lo que le duele al paciente en turno: al reloj de pared, al de mesa o al de pulso.

“Todos tienen solución”, asegura, y si no, entonces, el cliente no está frente a un buen relojero, aquel que “fabrica partes, que lima el metal y lo termina hasta escuchar el tic tac que marca el paso del tiempo. La relojería es una combinación de ciencia, arte y conocimiento. El que no lo haga así, sólo es un cambiador de pilas”.

Don Luis nació en el barrio bravo de Tepito. Desde niño le gustaba hurgar en las máquinas y desarmar sus juguetes para analizar el mecanismo del por qué daban vueltas o por qué caminaban.

Su pasión era ver trabajar a su padrino Carlos Salamanca (joyero-relojero autodidacta), quien lo introdujo al mundo del reloj cuando apenas tenía 15 años. Fueron seis años de entrenamiento y en 1967 le dijo que debía irse, porque ya no tenía nada más que enseñarle.

Con los conocimientos adquiridos halló empleo en H. Steel y al notar sus capacidades, sus jefes lo enviaron a tomar un curso de relojería en Los Ángeles. A su regreso, en el Centro de Relojeros Suizo, donde también estudiaba y que hoy ya no existe, le mostró a su maestro Daniel Fisher la relojería de cuarzo que había aprendido y éste le sugirió que le explicara el mecanismo a sus compañeros.

“Gracias a que lo hice, en 1980 me regaló una beca para perfeccionar mis estudios de relojería en el Centre de Formation Swatch Group en Suiza. Fuimos un grupo de veinte relojeros provenientes de Colombia, España, Guatemala y yo era el único mexicano.

“Después de ahí, tomé un curso de relojería monumental”, platicó, mientras que desde un sillón lo observaba con admiración la mujer con la que se casó hace 44 años y que cariñosamente él llama Preciosa.

Escasos los restauradores de relojes monumentales en México

En aquel tiempo, eran muchos los que ejercían la relojería monumental, hoy en día, a Don Luis le sobran los dedos de las manos para contar cuántos son los maestros de México que reparan estas grandes maquinarias, pues asegura que el desinterés de las autoridades por arreglarlos, acabó con el empleo de muchos y tuvieron que buscar otra forma para ganarse la vida.

“Si un reloj de ese tamaño se detiene en México, nadie le hace caso, el 50 por ciento de ellos, están parados, mientras que en cualquier parte de Europa, todos funcionan. Es una situación de cultura, pues siempre que voy a los municipios para ofrecer mis servicios, me dicen que no hay presupuesto para echarlos a andar y así se quedan”, relata con tristeza mientras observa su reloj favorito, un Rue de la Paix de mesa.

En la Ciudad de México existen 125 relojes monumentales, de los cuales, sólo funciona la mitad, Él le da mantenimiento a todos los del Centro Histórico y al de Pachuca, Hidalgo, que ha sido el más caro en la historia del país. Costó 30 mil pesos oro en 1905 y fue fabricado por los mismos que hicieron el Big Ben de Londres.

Son maquinarias finas, predomina el diseño alemán y el francés, aunque se ha topado con mecanismos ingleses. En Zacatlán de las Manzanas, Puebla, existen dos empresas que los hacen, aunque sólo a pocos estados les atraiga la idea de comprarlos, lamentó.

Cada uno de los relojes que han pasado por sus manos, tienen una historia que contar. El primero que reparó fue el de la Iglesia de San Francisco de Asís en Tepito, pero es el monumental instalado en la fachada del periódico El Universal, en Bucareli 12, el que más trabajo le ha costado “resucitar” y, por lo mismo, una de sus máximas medallas.

“Pesa 10 toneladas, es de origen alemán del año 1923. Cuando iban a demoler el edificio, el dueño del periódico exigió que se quedara. Me llamó mucho la atención, pues en mis libros no aparece un monumental que toque el Himno Nacional Mexicano, así que, acepté la propuesta de repararlo y cuando le conté a mi maestro, me respondió: ‘oiga, qué hue... tiene usted!”.

Recordar la anécdota le hace sudar, pues con el apoyo de una grúa, lo desarmó y colocó pieza por pieza reconstruida y otras nuevas que él mismo fabricó, le tomó siete meses, “fue como armar un rompecabezas gigante”. Una de las 14 campanas que tiene, es de una locomotora antigua que Don Luis halló en Tepito y pesa 60 kilos.

El 6 de enero de 1992, informó al dueño del periódico que tenía el 99 por ciento de avance y ya tocaba el glorioso Himno Nacional. El entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, fue quien lo inauguró. Funciona a las 6:00 y a las 18:00 horas.

Único mexicano vivo que ha visitado las entrañas del Big Ben

Tras un profundo suspiro, el admirador del boxeador Raúl “El Ratón” Macías, recuerda que llegar al Big Ben de Londres ha sido otro de sus más grandes deseos cumplidos. Su credencial que dice: “Profesor en relojería”, le abrió las puertas para explorar las entrañas del monumento instalado en el lado noroeste del Palacio de Westminster.

Gracias a un funcionario inglés que valoró en él la nobleza de enseñar a los discapacitados en silla de ruedas el arte de la relojería, “El relojero de Tepito” consiguió cita a las 9 de la mañana para conocer el mecanismo del icono de Londres instalado al interior de la torre de 120 metros.

Después del relojero Leonel Olvera, se convirtió en el segundo que ha firmado el libro de visitas en el Big Ben y es el único relojero vivo que puede narrar la experiencia en la que preguntó todo tipo de detalles hasta que le dieron las 12 campanadas estando ahí dentro.

“Perdí un vuelo a París, pero lo hice con mucho gusto”, relata mientras su rostro se ilumina con una sonrisa para narrar que su profesión lo llevó a visitar Egipto y conocer el reloj astronómico de Praga, cuyo mecanismo, dice, es de los más complicados, así como el que diseñó para “El espíritu del tiempo” que a diario ofrece un espectáculo en la calle Palma 33.

Es uno de los últimos relojes que ha hecho. Cada cuarto de hora un muñequito toca los cuartos y cinco minutos antes de la hora, empieza el “show”. El mecanismo es inglés del año 1890.

“Le puse fases de luna y no hay otro similar. Una de las puertas se abre y sale un muñequito que simula darle cuerda al reloj. Después, se abre otra con un muñequito que le da vuelta a un fonógrafo y toca una melodía de acuerdo a la época del año. En la actualidad presenta ‘El Cascanueces.

“En la tercera puerta luce otro muñeco que toca los cuatro cuartos y en la última se ve una campana inmóvil que toca las campanadas”, explicó.

No cobra por impartir cursos; escribe libro y planea museo

Luis Hernández Estrada ha impartido cursos de relojería de cuarzo en Cuba, Los Ángeles y San Antonio. En breve lo hará en Lima, Perú, y con gusto se traslada a cualquier país del mundo sin cobrar un peso, sólo pide que le paguen transporte, hospedaje y alimentos para él y su esposa.

“Mis maestros suizos nunca me cobraron y en honor a ellos, yo tampoco cobro”, dice a la vez de mencionar que su siguiente meta es la escritura del libro: “Hombres, relojes y tiempo” en el que plasmará su historia profesional.

Asimismo, junto con dos amigos Agilberto García y Gabriel Gálvez planea abrir el Museo del Reloj y Artes del Tiempo en el que desean mostrar sus colecciones de relojes y herramientas antiguas. Una casa vieja sería el escenario ideal en el que invitarían a conferencistas para hablar del tema y ofrecer cursos.

“Ya nadie escucha ‘La hora exacta de XEQK. En mi teléfono celular tengo reloj, Internet y muchos tonos de alarmas. Sé que en poco tiempo el reloj de pulso será obsoleto, pero los relojes antiguos seguirán existiendo hasta después de que yo me muera”.

Para don Luis Hernández, que a diario escucha el tic tac de sus relojes mientras trabaja en su taller, “el tiempo es muy largo para quien sufre y espera; y es corto y fugaz para el que ama.

“Yo amo, amo a mi esposa, a mis hijos, a mis nietos, a mi trabajo y amo a los relojes. No hay lugar al que vaya y que vea un reloj viejo porque muevo cielo, mar y tierra para ver el mecanismo”, concluyó don Luis, a quien sus vecinos de Tepito también lo definen como “El artesano del tiempo”.


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