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Peluquería New York: se resiste a morir ante el paso del tiempo

Es la más antigua del barrio, data de 1930 y la atiende don Julio López, que a sus 86 años trabaja su oficio con la misma pasión de cuando hace más de 60 años.

Hace 80 años, en el Centro Histórico de la Ciudad de México resaltaban en las calles los postes iluminados en colores rojo, blanco y azul que anunciaban la existencia de una peluquería, aquella en la que el olor a lavanda y talco, impregna las tijeras, la navaja, la peinilla y las brochas.

Había barberías por doquier y era la época de mayor competencia que poco a poco se fue minando con la llegada de las estéticas unisex y los centros de belleza que ofrecen lo último en tendencias de corte y peinado para sofisticar el “look”.

Hoy, los postes luminosos son casi inexistentes, pero la peluquería New York sobrevive al paso del tiempo y de las modas, se resiste a morir.

Es la más antigua del barrio, data de 1930 y la atiende don Julio López, originario de Pachuca, Hidalgo, y que a sus 86 años trabaja su oficio con la misma pasión de cuando hace más de 60 se inició en el arte “de hacer el pelo y la barba”.

Durante 16 años trabajó como agente fiscal en el gobierno del estado de Chiapas, pero ya fastidiado, renunció en busca de su verdadera vocación y así fue como don Francisco, el antiguo dueño de la New York o Nueva York, “para los que no saben inglés”, le dio empleo al saber que ya tenía conocimientos en el oficio.

Trabaja ahí desde 1972. Nadie le enseñó, “porque antes nadie te enseñaba, tú aprendías solo haciéndola de chícharo, nomás mirando. Me fijaba cómo le hacían los peluqueros mientras le boleaba a los clientes sus zapatos o les limpiaba los cabellos del traje”.

Sus primeros clientes fueron niños de la vecindad donde vivía y quienes se prestaban para que siguiera practicando sin cobrarles un solo centavo.

“Los tuzaba y tuzaba hasta que dominé la técnica”, platica a Notimex mientras sonríe, pues sólo él recuerda la imagen final de cada uno.

Don Julio se levanta todos los días entre las 7:30 y las ocho de la mañana, pero comienza a recibir a sus clientes en República de Cuba, número 73-D, como a eso de las 13:00 horas, pues antes desayuna con calma, ve la televisión y realiza el quehacer de su casa, en la que vive con dos de sus cinco hijos, tras la muerte de su esposa.

“Ahora me llevo la vida más despacio, ya no debo preocuparme por andar corriendo, pues quizá me pase algún accidente. Tengo lastimada la columna y una pierna porque hace seis años todavía andaba corriendo en motocicleta; me atropelló una combi y me rompió la rótula en mil pedazos, así como el tendón.

“En otra ocasión, me rompí el brazo y me lo enyesaron hasta arriba, pero así venía a trabajar. La gente me preguntaba por qué y yo les respondía: ‘vengo porque me gusta trabajar y estoy amolado”.

En la actualidad tiene dos asistentes por cualquier eventualidad y en las calles de República de Chile, Isabel La Católica y República de Cuba, todo el mundo lo conoce aunque él no los recuerde. Le piden autógrafos y fotos. “Y a mí me gusta, siempre me ha gustado eso de la fama”, comenta entre carcajadas.

“Ya me han entrevistado de otros programas y vinieron a filmar una película americana, sólo un pedacito. Aún no se estrena, pero creo que se llamaba ‘White horse. Hasta me tomé foto con el actor, que es de los más famosos, pero no me acuerdo cómo se llamaba”.

En la peluquería hace prácticamente cortes de todo tipo: “los de casquete corto, el alemán, el normal, el desvanecido o el sombreadito, según lo que se vaya usando, yo me adapto. Aunque muchos hombres ya ni se cortan el pelo, o aprenden a través de las revistas.

Ahora ya les venden las herramientas y ellos solitos lo hacen, no importa qué tan mal les quede”.

Cortar el pelo, tiene su ciencia, asegura. “No es tan fácil como parece. A veces ni siquiera en las grandes academias lo aprendes y es que, se debe observar la forma de la cabeza, de la cara del cliente y la dirección en la que crece el cabello o el vello de la barba.

“Por lo regular me tardo como 15 minutos, pero si quieren algo más elaborado, lo hago hasta en 25 minutos y si van a las prisas, en 10, pero eso sí, todo bien hecho”, sostiene.

Entrar a la peluquería New York es como transportarse al pasado. Todo el mobiliario es el mismo desde 1930. Sus grandes espejos están manchados por el tiempo, las cajoneras se atoran al abrir y las sillas hidráulicas forradas de piel en color rojo, a veces suben y en otras fallan, pero al final todo sirve, no se ha perdido la identidad.

“Los sillones son de 1905, se hicieron en Chicago y el patrón los compró después. Los adquirió para una peluquería de segunda, pero la Nueva York parecía de primera porque todo su mobiliario era de lo mejorcito que había en aquel tiempo, con sus espejos franceses biselados y sus asientos de porcelana con piel.

“No todo es original porque se ha tenido que reparar, pero hay sillas hidráulicas que aún conservan su placa. El costo de cada silla fue de 357.50 pesos talón oro (sic), o sea que fueron siete centenarios en aquel tiempo. Antes teníamos un lavabo de porcelana en medio de la peluquería, pero me lo llevé a la casa de mi hija para adornar su jardín”.

El piso es el original, aunque deformado con un hoyo de un metro por 40 centímetros de ancho, pues un día llegó un tal licenciado Lara con su detector de metales diciendo que había un entierro de oro.

“Al patrón le entró la duda y la ambición. Me dijo que trajera un pico y una pala, y nos pusimos a escavar, pero no había nada más que huesitos de perro y de pollo. Decepcionados, lo tapamos con un poco de cemento y pintura”, recordó.

Gracias a los clientes es que la peluquería New York se sostiene. Como en todo negocio, hay sus altas y sus bajas, pero ayuda mucho el hecho de que sus precios siguen siendo los mismos de hace cuatro años. Por ejemplo, la barba cuesta 60 pesos, lo mismo que el corte de pelo moderno o tapa plana.

“Tenemos clientes desde hace 40 años y si algunos ya no vienen es porque murieron o están enfermos, pero no porque ya no les guste nuestro servicio. Aquí han venido hasta diputados, senadores y gobernadores. La verdad sí se llega a sentir afecto por toda la gente que pasa por aquí, pues te cuentan muchas anécdotas de su vida, nos tienen confianza para desahogarse.

“Rasuré durante mucho tiempo al actor Eduardo Alcaraz, al que le hacía de mayordomo en las películas de ‘Cantinflas, pero nunca quiso que le cortara el pelo. Siempre llegaba y se sentaba a esperarme hasta que pudiera atenderlo”, contó el artista de la tijera.

Don Julio recuerda con nostalgia el México de antaño, la calle República de Cuba cuando él llegó a trabajar y ahora, ningún local sobrevive.

“A la vuelta estaba una papelería que se llamaba El Globo y en la esquina estaba la panadería La Mundial. Más para acá estaba un taller de máquinas de escribir, era del señor Guillermo Trejo y ahora es una imprenta.

“Aquí junto hay una sedería, pero antes estaba el relojero Jesús. Más para allá estaban los baños de las accesorias y artículos eléctricos La Marquesita, las hierbas medicinales y la Ciudad de Bagbad con ferretería, pero ya cambió el comercio.

“Tampoco está la mueblería América ni Los Tres Mosqueteros. La arquitectura es casi la misma, quizá han abierto un poco más las puertas, que antes eran angostas, pero quizá pronto alteren las fachadas, todo va cambiando”.

Antes tenía como competencia a la peluquería Marlene en la calle Donceles, a la Capitolio, a la España, la de David, la de Eduardo, “pero todas ya volaron y no me alegro, porque eran fuentes de trabajo. A mí me dolería cerrar la New York, pero gracias a la clientela es que seguimos vivos”.

Es gracias a que “mucha gente es conservadora, pero quizá mañana también me tenga que ir. En la actualidad recibo a 10 o 12 personas por día, pero el día de partir tendrá que llegar; mientras tanto, seguiré cortando pelos y afeitando barbas con el mismo entusiasmo de cuando yo era chamaco”, concluyó.


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