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La transformación de Bagan en centro turístico de culto

La zona arqueológica de Bagan es uno de los lugares de culto más importantes del mundo budista

La zona arqueológica de Bagan es uno de los lugares de culto más importantes del mundo budista. Sus más de dos mil templos atraen a cada vez más turistas de todo el mundo, pero especialmente a los creyentes de todos los rincones de Asia.

Toda la población local vive, o, más bien, sobrevive, gracias a los turistas y a los peregrinos.

Por voluntad de la junta militar de Myanmar, antes Birmania, que ha estado en el poder durante más de 50 años y que hasta hace poco no ha mostrado ningún signo de apertura democrática, muchas personas tuvieron que abandonar sus hogares porque estaban demasiado cerca de las pagodas, los templos y los monasterios.

A cambio recibieron unas compensaciones poco más que irrisorias. A lo largo de las carreteras que conducen a los templos sagrados se construyeron pequeñas aldeas donde viven los antiguos habitantes de lo que hoy se llama Vieja Bagan.

Fue en los años 90 cuando los militares ordenaron desalojar a miles de residentes de la antigua ciudad de Bagan y echar abajo sus casas y tiendas.

La zona arqueológica de Bagan es una explanada de unos 40 kilómetros cuadrados que alberga, entre pagodas y templos, más de dos mil estructuras identificables y otras tantas en ruinas.

Dentro de esta área, rodeada por bajos pero gruesos muros, se encuentran los restos de la ciudad que fue la capital de gloriosos reinos cuyos soberanos eran fervientes seguidores del budismo de la corriente Theravada.

La ciudad de Bagan, que da nombre a toda la zona y que está situada en la región central de Mandalaye, siempre ha estado habitada. Gente humilde, pescadores y agricultores de arroz en su mayoría.

Con el crecimiento del número de turistas y peregrinos, sinónimo de importantes ingresos para las arcas de la empobrecida Myanmar, los líderes militares decidieron dar un nuevo aspecto a lo que se puede definir como el corazón del patrimonio arqueológico de este país del sudeste asiático.

Y así echaron, como con un barrido de escoba, a cientos de familias que residían en Bagan desde hacía varias generaciones y que tuvieron que empezar una nueva vida con una indemnización de unos pocos miles de pesos.

La recalificación de Bagan ha hecho que surgieran unos 20 pequeños pueblos en los que han confluido los habitantes originarios de lo que hoy es, en los mapas, la Vieja Bagan.

Myinkaba, Anauk Pwa Saw, Ashe Pwa Saw, Minantheu y Tetthe son algunos de estos pueblos, que crecen a ambos lados de las carreteras que utilizan los visitantes y que se encuentran a un par de kilómetros de los primeros templos visitables.

Estos pueblos, llenos de cabañas de madera, una al lado de la otra, están hundidos en la basura, que no se recoge desde hace meses. A pesar de que hay muchísimos campos, cada vez es más difícil encontrar una pequeña parcela para cultivar arroz, el alimento más difundido en el país.

La Vieja Bagan, bañada por el largo río Irrawaddy, tiene todavía un pequeño puerto comercial.

Es ahí donde llegan los peregrinos que vienen de regiones más allá del río y donde amarran, un par de veces a la semana, los históricos barcos de vapor de la Irrawaddy Flotilla Company, que efectúan pequeños cruceros y que están en servicio desde la época de la anexión británica.

Cerca del puerto están las tiendas de suvenires y las cafeterías. Un ejército de vendedores ambulantes compite con estos negocios acechando a los visitantes.

Los niños, que por la afluencia de extranjeros conocen un pequeño número de palabras de al menos seis idiomas, son los más insistentes, y están especializados en la venta de postales dibujadas a mano y de collares de flores para llevar en ofrenda a Buda.

“Mis amigas y yo vendemos los camarones que nuestros maridos pescan en el río. Los freímos en estas sartenes y los ponemos en una brocheta de madera. Entonces vamos por los templos en búsqueda de turistas para vendérselos”, cuenta, timidísima, Thu, de 46 años y habitante del cercano pueblo de Myinkaba.

“Hace veinte años que hacemos este trabajo. Cuando hace calor es muy duro, pero en general no está mal como trabajo. Traemos algo de comer a casa, aunque no mucho, porque no siempre hay muchos turistas”, señala.

Cuenta que “es cada vez más difícil convencer a los turistas para que visiten los templos de Bagan a bordo de un carro tirado por un caballo. Pasear por las pagodas en el carro, lentamente, te permite entender mejor este lugar y empaparte de su carácter sagrado. Los turistas y los peregrinos prefieren los scooters (monopatín) eléctricos”.

“Sí, es cierto, no hacen ruido, pero van demasiado rápido. Son adecuados para los que tienen prisa, los que tienen poco tiempo y, por lo tanto, los que no pueden asimilar Bagan”, lamenta el viejo Dinh, que con su caballo Derby pasea a visitantes desde hace 15 años.

Los que no consiguen encontrar trabajo en la Vieja Bagan o cerca de los templos buscan fortuna en la Nueva Bagan, a pocos kilómetros de la zona arqueológica.

La Nueva Bagan es una maraña de calles donde en los últimos 20 años se han construido frenéticamente hoteles, hostales, restaurantes y agencias de viajes a menudo dirigidos por extranjeros que se sirven de un testaferro local, ya que en Myanmar las empresas extranjeras pueden invertir sólo si están asociadas con una persona local.

La economía de Bagan está totalmente centrada en el turista-peregrino. Con la excepción de los hoteles y los restaurantes, que se han convertido casi en un monopolio de los extranjeros, la artesanía es sin duda uno de los sectores más establecidos.

En el pueblo de Myinkaba hay talleres de expertos artesanos que, con técnicas transmitidas de generación en generación, producen estatuas, máscaras y joyas. Todos estos objetos terminan en los cientos de puestos repartidos en las entradas de los templos y en los mercados de las principales ciudades del país.

Lo más vendido en Bagan son los tradicionales objetos lacados birmanos, como platos, portavasos, joyeros, jarrones, etc. Algunos afirman que en Bagan la industria de estos objetos comenzó hace casi 300 años.

La materia prima principal para su fabricación es el bambú, así como el pelo de la cola de los caballos. Después de un largo proceso, el objeto se cubre con 10 capas de laca y se deja secar en un ambiente subterráneo.

La decoración, hecha con una punta de hierro, recuerda a algunas pinturas murales que se encuentran en los templos. Estos objetos, ligeros y resistentes al agua, tienen mucha demanda tanto a nivel nacional como internacional.

De vez en cuando en un claro rodeado de templos dentro de las murallas del casco antiguo de la Vieja Bagan tiene lugar un torneo de fútbol tres contra tres en el que participan representantes de los pueblos vecinos.

Las vallas del campo, hechas de bambú, y las líneas de yeso dibujadas en el suelo se quitan al final de cada torneo. También hay un comentarista que, equipado con micrófono y altavoces, hace la crónica del partido.

Los más aficionados se llevan una silla de plástico de casa para disfrutar cómodamente del espectáculo.

“Para nosotros estos torneos son uno de los pocos momentos de ocio. Son una oportunidad para reunirnos. Mi familia y yo vivíamos muy cerca de aquí, en la Vieja Bagan, però tuvimos que mudarnos a lo que se ha convertido en el pueblo de Ashe Pwa Saw”, dice con un dejo de pesar Nguyen, padre de uno de los jugadores.

“Hoy he podido volver a ver a mis viejos vecinos, que ahora viven en el pueblo de Tetthe. Ha sido genial poder saludarlos. La Vieja Bagan será siempre nuestro verdadero hogar”, afirma.


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