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Una poción industrial cambió la alimentación de millones de africanos

En la jerga de la calle lo llaman “dado mágico” o simplemente “Maggi”

En la jerga de la calle lo llaman “dado mágico” o simplemente “Maggi”. Desde el pueblo más remoto del Mali rural hasta el Gran Marché de Bamako, la anárquica capital del país, sobre el río Níger, no hay mujer que no hable o no conozca perfectamente las marcas, los sabores y los precios de este producto.

En esta zona del mundo, dos centímetros cuadrados de poción industrial encierran un increíble poder comercial.

¿Quién sabe si Julius Maggi, un alegre aventurero suizo de ascendencia italiana, se esperaba todo este éxito cuando, en 1886, importó el primer dado de cocina al África occidental?

En Berlín -donde casualmente se encontraba su compañía, la Maggi GmbH- se había firmado recientemente un tratado sobre la apertura de los mercados coloniales a los productos occidentales cuando Julius tuvo lo que en la mística empresarial se llama “una iluminación”.

Un día de mayo se preguntó: ¿Qué puedo ofrecer mejor a las colonias que mi nuevo producto industrial, un potenciador alimentario de los sabores?

Hoy en día, más de un siglo después de aquella calmada mañana, todavía hay muchas preguntas, misterios y leyendas que surgen alrededor de estos aparentemente inofensivos dados alimentarios.

Por ahora lo único cierto y documentado es que la idea de Julius cambió la alimentación de millones de africanos. En la actualidad su dado y las innumerables copias que le siguieron constituyen uno de los bienes más producidos, vendidos y promocionados en toda África occidental.

En 1947 la Maggi GmbH fue absorbida por la multinacional suiza Nestlé, lo que contribuyó significativamente a su ascenso al Olimpo de los dominadores del mercado de alimentos mundial.

Pero los más comerciales son sólo parte de los muchos dados mágicos que circulan por la región: Jumbo, Patisen, Adja, Doli, Magi Nokoss, Joker, Jongué, Tak, Mami, Khadija, Dior, Tem Tem. Y la lista sigue.

Algunos los producen localmente marcas afro-europeas, otros son importados, otros son falsificaciones chinas aún menos caras que los originales.

Una ola incontrolable que se vende por piezas: 25 francos CFA (unos 0,75 pesos) por 10 gramos de glutamato monosódico, que echan a todas las salsas que conforman la alimentación de millones de africanos.

Barrio residencial de grandes avenidas, con oficinas y tiendas de nueva construcción. ACI2000, Bamako. El profesor Bay Diakite tiene unas maneras amables pero es un poco expeditivo.

Su oficina está en un gran patio de un edificio en construcción. En el centro del patio hay un pozo y unos chicos que cultivan coles. Diakite es profesor de Sociología de la Salud, especializado en alimentación, en la Universidad de Bamako.

“En Mali, como en toda África occidental, la difusión de los llamados ‘dados mágicos se inició en las ciudades y luego se extendió de manera generalizada, incluso en las zonas rurales”, cuenta el profesor.

“Así, se ha convertido en los últimos 20-30 años en un fenómeno social muy transversal. Hoy en día todos consumen estos potenciadores del sabor industriales, que han cambiado los hábitos alimenticios de los africanos, tanto de los ricos como de los pobres”, añade.

El vector de esta revolución en la cocina es la mujer, que representa el principal target del bombardeo publicitario alrededor del dado.

Los eslóganes son simples y directos, y a menudo aluden a la esfera más íntima de las mujeres: la relación con su marido.

Incluso en el campo de la comunicación publicitaria, el campeón indiscutible y fuente de inspiración para todas las otras marcas es la trasnacional suiza: “Con Maggi cada mujer es una estrella” o “Maggi, siempre al lado de las familias africanas”, entre muchas otras frases similares.

El professor Diakite es marido y padre de familia y, además de por sus estudios, conoce personalmente las diatribas que pueden surgir en la cocina de casa.

“Desde hace varios años circulan historias increíbles sobre los efectos nocivos de los dados mágicos para la salud. Los hay que incluso afirman que hace disminuir la potencia sexual y que te vuelve estéril”, dice.

Resume que “en los últimos tiempos cada vez más hombres se están dando cuenta de que somos lo que comemos y en casa prohíben a sus esposas y a las mujeres del servicio que cocinen con los dados”.

Se le escapa una sonrisa, ruborizado, cuando confiesa que a muchas mujeres, como la suya, las sorprenden mientras añaden cubos, a escondidas, en la salsa del arroz, o crudos y en polvo para aderezar la ensalada.

Por las tardes, muchas muchachas jóvenes circulan a bordo de pick-ups de un color amarillo-rojo con megáfonos, música ensordecedora y consignas para distribuir gadgets, camisetas y, a veces, incluso material para la cocina como bolsos-frigoríficos, tazas y otros utensilios por todos los barrios.

Tanto si se pasa por el Rond-Point du Chassuer de Bamako, por el mercado de pescado de Dakar o por el Puente Generale De Gaulle en la laguna de Abidján, una pared pintada, un logotipo gigante o un cartel luminoso con una mujer vestida “a la africana” con un delantal con la imagen de la marca domina el paisaje circundante.

El mensaje es inequívoco: “¿Eres mujer? ¿Cocinas? ¿Eres una africana de verdad? Tienes que utilizar el dado mágico”.

Diakite continua: “El lenguaje explícito transmitido por la publicidad invasiva de los dados de cocina, omnipresente tanto en las ciudades como en los pueblos, ya forma parte de nuestra vida cotidiana. A lo largo de los años el consumo de este producto se ha convertido en una moda”.

“La gente, viéndolos bien empaquetados, los considera más ´modernos´ y, por lo tanto, como es una producción industrial, los consideran erróneamente más saludables que los convencionales, como el sumbalá (extracto natural de las hojas de la planta del léré) o el pescado seco”, denuncia.

Lo que cuenta el sociólogo es visible en Bamako, donde las vendedoras de sumbalá del mercado de Sabalibougou se quejan de la caída de las ventas de unos productos que hasta hace poco les permitían ganarse la vida.

“No soy ni un científico ni un experto y no sabría decir la composición exacta de los dados. Nadie lo sabe, ni siquiera los consumidores que no se preocupan por lo que comen”, refiere.

“A menudo, para atraer a más clientes, los fabricantes dicen que están hechos con ingredientes locales, pero ¿es realmente así? ¿Realmente hay pescado, sumbalá, carne? Nos bombardean con publicidad del nuevo Maggi al pollo, Maggi al sumbalá, Maggi a la carne... Hay para todos los gustos, pero lo que no tenemos es la verdad”, advierte.

Mamadou Bocary Diarra es cardiólogo y director del hospital Luxemburgo de Bamako. Su fuerte risa lo convierte en alguien muy agradable y jovial. Pero apenas oye las palabras “dados mágicos” se le cambia por completo el estado de ánimo.

Afirma que “los dados mágicos tratan de resolver el problema de muchas familias de la región que viven en condiciones de indigencia dándoles artificialmente la ilusión del sabor”.

“Los cambios del sabor son una catástrofe en nuestra región, y esto se debe a que la alimentación es cada vez menos rica y está cada vez más dominada por el sabor. Se piensa más en el sabor que en la calidad de los alimentos. Conozco a familias en las que si se sirve a los niños un plato que no contenga sal o azúcar, no se lo comen. En mis tiempos no era así”, reflexiona.

Y prosigue: “No soy experto en estadística. Suelo ir a hacer la compra con mi señora, recorremos varios kilómetros hacia el campo para comprar productos sanos, verduras cultivadas sin pesticidas y fertilizantes”.

“Pero hoy, con todos los dados que hay en el mercado, las mujeres ya no se toman la molestia de añadir a los platos pescado ahumado o pescado seco, cosas que realzan el sabor de los alimentos. Nos conformamos con meter el dado para acentuar el sabor, que es un sabor artificial, que no aporta ningún valor nutricional a la comida, pero que ahorra tiempo y un poco de dinero”, reconoce.

Diarra enumera cuatro razones por las que los cubos son altamente perjudiciales.

  1. El glutamato monosódico. El cubo de cocina contiene glutamato monosódico, un potenciador del sabor que hace tiempo que es objeto de estudio de los expertos. En los países occidentales esta sustancia ya ha sido prohibida, por su peligro, en la comida para bebés, pero parece que no es completamente inofensiva tampoco para los adultos. Algunos estudios, no del todo confirmados y aceptados por la comunidad científica, indican que el glutamato monosódico es responsable de efectos secundarios como náuseas, vómitos y dolor de cabeza.

  2. Sustancias químicas. El dado de cocina contiene ingredientes extraídos químicamente de desechos animales y vegetales.

  3. Grasas peligrosas. El cubo de cocina es un alimento muy graso. Uno de los ingredientes que contiene está, de hecho, indicado con la expresión “grasas y aceites vegetales”.

  4. Sal. Otro problema relacionado con los dados es la enorme cantidad de sal que contienen, con los consiguientes problemas de hipertensión que esto puede acarrear.

“Si realmente se quiere cocinar con estos dados, un alimento ajeno a nuestra cultura culinaria, la solución consiste en preparar en casa un buen caldo vegetal o animal con ingredientes de calidad. Por desgracia, estamos hablando de una nueva forma de colonización que afecta a lo que comemos y bebemos, y esto es algo muy reprobable”, concluye Diarra.


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