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La jungla, “ciudad” francesa con campamentos de migrantes

Al menos cinco inmigrantes han muerto en los últimos dos meses, atropellados por los camiones bajo los que estaban escondidos

La imponente frase "London calling" cubre a medias el grafiti que Banksy, el famoso artista callejero, pintó en la entrada del campo. "London calling" porque en Calais la meta a la que hay que llegar es clara: Inglaterra.

En el campamento no oficial de inmigrantes y refugiados más grande de Europa se ha llegado a la cifra récord de diez mil personas. Y su población aumenta día a día.

La jungla -como se conoce el campamento, que se ubica en las afueras de Calais, a pocos kilómetros del Canal de la Mancha- es prácticamente una ciudad, con caminos polvorientos rodeados de casas de madera, tela y hierro.

Es tan grande que, para explicarlo mejor, ayuda dividirlo en dos: oeste y este. Esta es la historia del oeste de la jungla.

En el oeste es donde está la entrada principal a la jungla, y se puede llegar directamente desde la autopista A16. La gran extensión de tiendas de campaña que se ve hasta donde alcanzan los ojos está dominada por una valla de hierro y alambre de púas que va paralela a la carretera.

Aquí la policía hace guardia día y noche, porque últimamente se han repetido los ataques a camiones por parte de traficantes que intentan hacer pasar a los inmigrantes.

El método es siempre el mismo: se lanzan troncos de los árboles en el medio de la carretera para bloquearla. El primer camión que pasa se ve obligado a parar y lo asaltan.

En el oeste de la jungla, además de las maltrechas tiendas de campaña, hay una larga calle con pequeñas tiendas, panaderías y restaurantes. La prefectura amenaza continuamente con desmantelar estas estructuras ilegales, pero las organizaciones que operan en Calais han sido capaces de evitarlo.

Sin embargo, los propietarios, casi todos afganos y eritreos, viven con el constante temor de ver cómo les cierran los negocios.

Cerca de la entrada oeste hay una larga fila de personas. Es la hora del almuerzo, servido por los voluntarios de las distintas asociaciones que operan aquí.

Mientras espera su turno, Mohammed, un afgano de 38 años, quien hace tres meses que está en Calais, lamenta la situación: "Apenas tratamos de acercarnos al puerto o a los estacionamientos la policía nos obliga a volver con porras y gases lacrimógenos”.

“No quieren que nos acerquemos a los camiones, pero para nosotros es la única esperanza para salir de este lugar. Sé que es muy peligroso hacer el viaje así, en camión, pero quiero intentarlo de todos modos", se lamenta.

Los intentos de cruzar la frontera así, sin embargo, ya se han cobrado varias víctimas.Al menos cinco inmigrantes han muerto en los últimos dos meses, atropellados por los camiones bajo los que estaban escondidos. La última víctima, un menor de Afganistán, murió el fin de semana pasado.

En una reciente visita al campamento el ministro del Interior francés, Bernard Cazeneuve, prometió un desmantelamiento por etapas, y prosiguió así la operación que había iniciado el pasado mes de marzo.

Hay algo que dificulta aún más los planes de los inmigrantes: la construcción de un muro, que se acaba de empezar, para evitar que accedan al puerto.

El muro, de un kilómetro de longitud y con cuatro metros de altura, recorrerá la carretera que rodea el puerto de Calais, será financiado por el Reino Unido y tendrá un costo que en pesos sería el equivalente a 60 millones.

Según el último censo de Help Refugees y Auberge des Migrants, las dos principales asociaciones de activistas que trabajan en Calais, en toda la jungla viven 10 mil 188 personas, con la siguiente composición:

Del total, 43 por ciento son sudaneses; 33 por ciento afganos; nueve por ciento eritreos; siete por ciento paquistaníes; 3.5 por ciento etíopes; 1.0 por ciento iraquíes y kurdos; 1.0 por ciento sirios, y 2.5 por ciento de otras nacionalidades.

Mujeres se ven muy pocas. En total son un millar, y están confinadas en las edificaciones y en las tiendas blancas. A causa de la violencia que se ha denunciado en el campo, tienen una zona reservada sólo para ellas, que siempre está bajo control.

Además, el censo revela que en La jungla hay un mil 179 niños, de los cuales un mil 022 no están acompañados.

Ashraf tiene sólo 12 años y hace un año, en compañía de dos amigos coetáneos, emprendió su viaje desde Jalalabad, en Afganistán, con destino a Londres. Sus padres le confiaron todos sus ahorros y por eso Ashraf se siente responsable de una misión sagrada:

"Inshallah (si Dios quiere) -dice el pequeño- llegue a Londres y vaya a una escuela inglesa. Encontraré trabajo y ayudaré a mi familia. Esto, La jungla, es un infierno, no hay nada que vaya bien. No dejé mi país para estar bloqueado aquí. Tarde o temprano mis amigos y yo encontraremos un camión que nos llevará al Reino Unido. Inshallah".

Ashraf y sus dos compañeros de viaje frecuentan el centro de menores que está en la calle comercial del oeste de Calais. Un contenedor que tiene sofás, alguna silla, una mesa y una pizarra. Aquí los niños se refugian cuando hace demasiado frío o demasiado calor.

Un voluntario afgano del centro, quien prefiere no revelar su nombre, dice que la afluencia diaria es muy baja, tan sólo una veintena de niños.

"Asisten a cursos de francés e inglés. De vez en cuando las organizaciones benéficas nos traen comida y ropa. Los niños no hacen más que confabular entre ellos, buscan la manera de ir a Inglaterra. Cada día lo intentan una o dos veces, pero sistemáticamente les hacen volver", confía.

En los últimos meses el perímetro del campamento se ha reducido drásticamente. En marzo pasado la zona sur fue desmantelada y se prohibió montar tiendas de campaña y otras estructuras.

En los días de mal tiempo la gente está a merced del viento y la lluvia, con arena y agua entrando por todas partes. Por eso recogen piedras para llenar sacos y fijar mejor las tiendas.

Un voluntario advierte: "Las tiendas de campaña se están puestas una al lado de la otra y apenas se puede pasar por en medio. Son 10 mil y viven en un espacio irrisorio, con graves problemas de higiene y de salud. Los baños son insuficientes, las filas para las duchas son interminables. Hablamos de una densidad de población peligrosa en caso de incendio".

En virtud del Tratado de Le Touquet, firmado en 2003 entre Gran Bretaña y Francia, el gobierno de París acogió a los inmigrantes que no podían pasar la frontera inglesa.

No sólo eso, sino que el pacto establece un control transfronterizo: la policía británica vigila el embarco de Calais y la francesa trabaja en el otro lado. Tocar suelo inglés es, como mínimo, una empresa ardua, y el campamento, de hecho, está lleno de persones que al menos una vez han intentado cruzar.

En La jungla el italiano es el tercer idioma más hablado. Esto se debe a que muchos inmigrantes han pasado por Italia antes de llegar a Calais. A un alto porcentaje de los habitantes de la jungla les tomaron las huellas dactilares por primera vez en Italia, y por lo tanto es ahí donde tendrían que pedir la solicitud de asilo según lo que establece el Reglamento de Dublín.

La obligación de acoger que tiene el primer país comunitario al que llegan, sin embargo, expira al cabo de un año, y por lo tanto muchos ganan tiempo y tratan de iniciar el procedimiento de asilo en los países donde estiman que pueden encontrar la mejor situación laboral.

Cuando a un inmigrante le toman las huellas dactilares y obtiene la condición de refugiado y el permiso de residencia, puede circular libremente dentro de los países de la Unión Europea, salvo el Reino Unido, que exige un visado dificilísimo de obtener.

Abdul, un afgano de 26 años, recuerda con gran entusiasmo su experiencia italiana: "Conseguí los documentos italianos porque los italianos entienden que somos humanos y no animales. Italia es un país en crisis económica pero tiene un gran corazón; mientras que Francia e Inglaterra no respetan los derechos humanos.

“¿Dónde están los derechos humanos cuando hay gente que muere cada día? ¿Dónde estaban la otra noche cuando un chico murió tras caer de un camión?", se pregunta. Y añade: "Para mí los italianos son héroes, porque nos recibieron de una manera muy hospitalaria. Nos dan los documentos pero por desgracia no nos dan trabajo, por eso la gente se va a otros países".


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