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Ser maestro es un arte que adopta muchas facetas

De 48 años, 30 de ellos de experiencia al frente de grupo, el profesor Genaro García Hernández, de la secundaria técnica número 40 ubicada en Villa Coapa, al sur de la Ciudad de México, describe que ser maestro es una vocación, algo que se lleva en los genes, un arte que adopta muchas facetas y que, cuando se trabaja con adolescentes, representa todo un reto, pues ningún día es igual a otro.

De 48 años, 30 de ellos de experiencia al frente de grupo, el profesor Genaro García Hernández, de la secundaria técnica número 40 ubicada en Villa Coapa, al sur de la Ciudad de México, describe que ser maestro es una vocación, algo que se lleva en los genes, un arte que adopta muchas facetas y que, cuando se trabaja con adolescentes, representa todo un reto, pues ningún día es igual a otro.

Entrevistado con motivo del Día del Maestro, este 15 de mayo, se dice satisfecho por el trabajo que ha desarrollado en su vida; actualmente imparte las materias de asignatura estatal y formación cívica y ética, a grupos de primer grado.

"No es fácil estar en el ámbito de la educación; es un reto diario. Pero estoy convencido de que los jóvenes tienen un gran potencial y que podemos impulsarlos a lograr todo lo que los va a construir como adultos”.

Su padre no sabe leer ni escribir, su mamá apenas lo necesario, ellos no tuvieron las mismas oportunidades que él. Supo que quería ser maestro porque le gustaba hablar y relacionarse con los demás. “Estuvo algo en mi genética que me lo facilitó” y sus estudios lo llevaron a buen puerto, comenta satisfecho.

Eso es una ventaja porque no se trata únicamente de relacionarse con los jóvenes sino también con sus padres. “Tenemos que actuar juntos, para ser un espejo en el que ellos se quieran reflejar”.

Padre de un menor de 5 años, sabe que él es ejemplo de su hijo, y de todos sus alumnos. Cada día lleva junto con su esposa a su niño a la escuela, cuando regresa de trabajar ayuda con las labores de la casa y ya, cuando el menor duerme, muy noche o de madrugada, empieza a preparar sus clases o a calificar exámenes.

Logró su basificación después de 10 o 12 años de labor. Indica que a pesar de ser profesional no tiene todo lo que quisiera, pero su experiencia y trabajo le han permitido una base y una seguridad en sus horas de trabajo. Además, ve a la Reforma Educativa como la posibilidad de ofrecer una mejor vida a su familia.

Habla del reconocimiento social hacia los maestros. Para él, “eso es algo que cada uno debe de ganarse. Este en ningún sentido se da de manera automática. Habemos quienes tenemos vocación, deseo, intención, idea de trabajar, venimos con gusto y disfrutamos lo que hacemos”.

El respeto de los alumnos, añadió, es algo que uno se gana todos los días en el aula, con la convivencia, el manejo de clase y no sólo mediante los conocimientos –que también son importantes-, sino también en términos de lo afectivo, del vínculo que se genera con el muchacho.

Nosotros estamos en vivo, dijo. “No es fácil, se pasa por muchos colores y matices, tenemos que tratar de conocer a cada uno de ellos, y hay salones con 50 muchachos”.

Cada vez más, indicó, hay una exigencia de no dejar a nadie marginado, de entender cómo está aprendiendo, de encausarlos y de ir en el camino junto con ellos.

García Hernández confía en que cada vez más la sociedad se dé cuenta de que a los maestros les toca una tarea ardua, de gran responsabilidad. “Hay muchos maestros que nos levantamos, damos la cara y tratamos de dar lo mejor".

La labor es compleja, un arte porque como maestro hay que adoptar muchas facetas y manejar muchas situaciones, admite.

Y, hablando de no dejar a nadie atrás, narra un ejemplo del por qué vale la pena ser maestro. Cuenta que recién llegó a la escuela a dar clases, se dio cuenta de que había un jovencito que siempre estaba sentado mirando a los demás.

El muchacho tenía diagnosticado un problema a nivel neurológico y, por lo tanto, no podía hacer ciertas cosas. “Pero yo no podía aceptar verlo tan introvertido, sin convivir con nadie. Me acerqué a Beto, siempre procuraba comentarle algo, estimularlo a interactuar con los demás.

No tenía una gran letra, ni muy buenas calificaciones pero, a su manera, él cumplía con la asignatura. Lo más importante para mí fue ese vínculo afectivo que se dio conmigo y con sus compañeros. Cuando se acabó el ciclo escolar, obtuvo una buena calificación.

Fue muy significativo para mi verlo ir a buscarme con su familia. Corrió a mi y me dio un abrazo. Claro que las matemáticas, el español y todas las asignaturas eran importantes. Pero siento que lo fundamental fue ese vínculo que se pudo crear, porque a su edad, aún había tiempo para hacerlo, pero quizá no mucho”, relata.

A Genaro, como le gusta que lo llamen sus alumnos, le gusta aprenderse el nombre de todos sus alumnos. “Son una persona, no una matrícula”, señala.

Cuando son diez, no es difícil, pero el detalle de aprenderse cien o más nombres demuestran el amor por su camiseta de maestro.


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